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Opinión: Un barco en la arena

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09.06.2026

El mar de San Andrés tiene un idioma propio, un oleaje que dicta las distancias. Quienes llegamos desde el centro del país somos, para los nativos, «continentales». Esa sola categoría nos sitúa de inmediato en la orilla de lo ajeno, en el lugar del que va de paso. Es una palabra que marca una frontera invisible pero nítida. Y es que el archipiélago, ese complejo insular que la postal oficial vende al resto del mundo como un edén estático de arena blanca y palmeras, es en realidad un territorio que libra una batalla diaria y silenciosa. Tras el azul de sus aguas hay una comunidad raizal que lucha palmo a palmo por resguardar su identidad, su lengua creole, sus tradiciones históricas y esa simbiosis casi mística con el mar, defendiéndose de un turismo masivo que tantas veces amenaza con desdibujarlos y convertirlos en decorado.

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Llegué a la isla invitada por la maravillosa Irma Bermúdez, gerente del Centro Cultural del Banco de la República. El propósito del viaje era encontrarnos para reflexionar sobre la representación de nuestras infancias en la literatura infantil. Es una preocupación que no le pertenece solo a las islas; es una deuda histórica que cruza cada rincón de Colombia. En nuestro país, la presencia de las realidades locales en las publicaciones para niños es precaria. Seguimos ofreciendo libros “universales” y lejanos, historias que suceden en inviernos europeos o en ciudades que nada tienen que ver con nosotros, arrastrando a los niños a leer lejos de su cotidianidad, de sus rostros y de sus propios contextos. ¿Cómo van a narrarse a sí mismos si los espejos que les damos están empañados por realidades ajenas?

Tengo la fortuna de visitar San Andrés con cierta frecuencia. Y cada vez, me asalta la misma desconcertante paradoja. A pesar de la inmensa,........

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