Israel de la Rosa: «La vida cíclica»
Creemos dejar atrás los pecados, los errores, esos tropiezos ridículos en que nuestra dignidad se desparrama atolondrada y ruidosamente por el pavimento enlosado. Confiamos en desprendernos con ayuda del tiempo, merced al paso seguro de los años, de todas aquellas torpezas, de todos aquellos descuidos que nos costaron no pocos sofocos. Nos abrazamos firmemente a la certeza de que aquellos disparates no regresarán jamás: hemos madurado, hemos aprendido la lección, la experiencia nos ha envuelto en una suerte de manto protector. Ahora somos sabios e indestructibles. Se acabaron los descuidos, se extinguieron finalmente los embarazosos deslices. No volveremos a exponernos a los comentarios maliciosos del vecino… Ah, la ridícula estupidez del ser humano, animal terco, borracho siempre de presunción.
Esta vida nuestra, cíclica e infatigable como aspas de molino, como rueda tozuda de bicicleta, nos empuja una y otra vez a cometer los mismos errores, magnificados en muchos casos por la propia repetición. Rondamos con eufórica satisfacción el descalabro, jugamos en el viscoso borde del abismo. Somos el insigne protagonista del aforismo, el pobre y desangelado animal, único en su especie, que tropieza invariablemente en la misma piedra, con metódica cadencia, con asombroso empecinamiento. Raro será que no acabemos erosionando la piedra de tanto y tan reiterado batacazo, como aquella inocente gotita de agua empeñada en agujerear la roca. Contemplado el paisaje con serena perspectiva, es de una inmensa perplejidad comprobar la monstruosa ceguera que a todos nos invade, la manera minuciosa y sistemática en que olvidamos la caída.
Aquella frase que con tan mala fortuna elegimos en tan inapropiado momento… Con qué facilidad logramos herir los sentimientos de un ser querido. Creímos aprender la lección, pero no fue así. Nada hemos........
