¿Qué fue del starter?
Coche SEAT 850 en la calle
Hay objetos que desaparecen sin hacer ruido. Un día están en todas partes y, casi sin darnos cuenta, dejan de existir. No porque fueran poco importantes, sino porque la tecnología los vuelve innecesarios. El starter de los coches es uno de ellos.
Quien haya conducido un coche antiguo lo recordará bien. Esa pequeña palanca, a veces un tirador discreto bajo el volante, que había que accionar en frío, con cierto cuidado, casi con cariño. En mi caso, lo sigo viviendo cada vez que arranco mi SEAT 850. En invierno tiene su pequeño ritual. No es girar la llave y listo. Hay que "entenderse" con el coche. Porque antes los motores funcionaban de otra manera.
Hoy estamos acostumbrados a la inyección electrónica. Un sistema que mide con precisión cuánta gasolina necesita el motor en cada momento y la introduce directamente en el cilindro o en el conducto de admisión. Sensores, centralitas, algoritmos… todo ajustado para que el motor funcione de forma eficiente casi sin que el conductor tenga que pensar en ello. Pero durante décadas lo habitual era el carburador.
El carburador es, en esencia, un dispositivo que mezcla aire y gasolina antes de que entren en el motor. Funciona aprovechando el flujo de aire. Cuando el aire pasa por un estrechamiento, su velocidad aumenta y su presión disminuye. Esa diferencia de presión "aspira" la gasolina y la mezcla con el aire. Es un sistema ingenioso, puramente mecánico, pero tiene una limitación importante. No se adapta bien a todas las condiciones. Y ahí aparece el starter.
Cuando un motor está frío, la gasolina no se vaporiza igual de bien. Parte de ese combustible se condensa en las paredes del conducto y no llega a participar en la combustión. El resultado es una mezcla demasiado pobre, con más aire del necesario, lo que dificulta el arranque. El starter lo que hace es, básicamente, enriquecer esa mezcla.
Al tirar de él, se reduce la entrada de aire o se aumenta la cantidad de gasolina en la mezcla. De ese modo, aunque parte del combustible se pierda por condensación, aún queda suficiente para que el motor arranque y se mantenga en marcha. Es una solución sencilla a un problema muy concreto.
Pero tiene su truco. Si uno tira demasiado del starter o lo deja más tiempo del necesario, la mezcla se vuelve excesivamente rica. Demasiada gasolina, poco aire. El motor empieza a ir mal, a ahogarse, a emitir ese olor tan característico a gasolina sin quemar. Hay que ir soltándolo poco a poco, a medida que el motor se calienta, hasta devolverlo a su posición normal. Es, en cierto modo, una conversación entre el conductor y la máquina.
Hoy todo eso ha desaparecido. Los sistemas de inyección modernos detectan la temperatura del motor, ajustan automáticamente la mezcla y gestionan el arranque sin intervención humana. Lo hacen mejor, más rápido y de forma más eficiente. Nadie echa de menos quedarse tirado porque el coche no arranca en una mañana fría.
Y sin embargo… Algo se ha perdido por el camino. No en términos de tecnología, claro. Hemos ganado muchísimo. Pero sí en esa relación directa con el funcionamiento de las cosas. Antes uno tenía que entender, aunque fuera de forma intuitiva, qué le pasaba al motor. Saber cuándo tirar del starter, cuándo soltarlo, cuándo insistir o cuándo parar. Ahora todo ocurre detrás de una centralita invisible.
Las nuevas generaciones, con razón, no saben lo que es un starter. Nunca lo han necesitado. Y las anteriores, poco a poco, lo van olvidando. Mientras tanto, algunos seguimos tirando suavemente de una palanca en las mañanas frías. Y esperando a que el motor responda.
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