El futuro como artefacto defectuoso
«Cambiar es tan incómodo que resulta casi agradable acostumbrarse a nuestro propio desdén y abatimiento, a nuestra propia rutina»
Casi todo el mundo habla y piensa del futuro como si fuese la habitación recién fregada de un palacio cálido o un mapa limpio y muy clarito que nos vendrá muy bien para no extraviarnos como se pierde una moneda de dos euros en un lugar en donde no llega la luz de las farolas, perdernos de esa manera con la que alguien dice: «¡Ahora me voy a perder yo a ver qué cara ponen las llaves!».
Yo imagino el futuro como el pasillo de un antro mal iluminado donde los fluorescentes de neón parpadean sin fuerza, cansados de sí mismos y el interruptor se ha desatornillado por el uso y puede darte uno de esos calambrazos que te dejan sabor a metal en la lengua. Lo imagino un lugar donde el eco de mis pasos me responde con un retraso ‘lánguido’, sí, esa palabra ‘lánguido’, como si no estuvieras seguro de que seas tú el que camina por allí y dijeras: «¡Dios mío, he llegado al porvenir y no me lo creo!».
El futuro que nos tocará vivir, si nada ni nadie se interpone o arregla y adecenta un poco lo que está ocurriendo ahora mismo, creo que va a ser muy parecido al de un electrodoméstico de tercera mano que empieza a fallar, pero que uno se resiste a cambiar por otro nuevo porque, aunque hace ruidos raros, es enternecedor y funciona a ratos todavía.
Y es que yo he tenido siempre mi pequeño Síndrome de Diógenes y un extraño cariño por las cosas que empiezan a estropearse,........
