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La victoria de los pechofríos

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21.07.2026

La Selección se vive de otra manera. Es verano, las ventanas están abiertas y todo el mundo ve el partido. Por las cosas de la tecnología, la imagen llega a las casas a velocidades muy distintas. En mi barrio los goles aparecían como fuegos en un valle. Alguien lo canta a lo lejos; luego, a los veinte segundos, se oye un fuerte grito de gol ya cerca, y a los cuarenta estalla un júbilo general. Yo he tenido la mala suerte de que el gol llegara a mi tele pasado el minuto y medio (la pelota aun en poder de Cubarsí), de manera que con el paso de los partidos, mi  «ver España» era sí, ver a España, pero también escuchar a mi barrio. La mirada perdida en la tele, y la atención en la calle. No tanto los goles como el reflejo de los goles en la gente.

La Final era un contraste llamativo. El himno argentino se vivía con un patetismo desencajado. Me ha dado la impresión, con todo respeto por los aficionados argentinos, que en ello había también un fenómeno inflacionario. Todos tenían que ir inflando un poco la cosa. Un hincha se apasiona, el de al lado no va a ser menos, el de River, por ejemplo, no va a animar menos que el de Boca, y esto introduce una rivalidad en los medios, a ver quién es más argentino, más dramáticamente argentino, y de ahí pasa a los futbolistas, que han de darlo todo, responder a la afición, y «morir con gloria» como dice el himno, si es necesario, literalmente. Uno refuerza al otro, nadie puede bajarse (bajarse de bancar, bajarse del aguante).

Enfrente, España. Si pusieran cara de emoción en el himno, la mitad de los futbolistas encontrarían un problema al volver. Tampoco hay letra. Sonó un cuarteto de metales (valenciano, creo), y toda la pasión tembló en una línea del........

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