Des-feudalizar la esfera pública
No está de más está recordar lo que por estos días se apunta con frecuencia: la crisis de la verdad, que es también la del periodismo, nos habla de la crisis de la política, la crisis de la democracia. Sabiendo que verdad y política no hablan el mismo idioma; que ambas se encuentran en una tensión constante entre la naturaleza absoluta y no negociable de los hechos, y esa relativización propia de una actividad basada en opiniones, debate y acción conjunta (Arendt), el peligro -y la ironía- no es menor. Y es que la estructura misma de la realidad factual, el anclaje que sostiene a la realidad común, esté siendo vulnerada por sus pretendidos guardianes. A merced del desarreglo, el llamado periodismo militante -aquel que, rompiendo con la premisa de imparcialidad, se adhiere abiertamente a una causa para convertirse en herramienta de transformación y acción- pudiese figurar como germen y secuela de la crisis de base. La instrumentalización de la verdad, el apego al dogma, el operar como extensión de la comunicación institucional o partidaria, no pocas veces derivan en justificación “moral” para la desinstitucionalidad de los hechos.
No sorprende ni se reprocha, claro está, que el periodista se asuma como sujeto político en un rol particularmente complejo: como garante de la exactitud y fuente de modelaje, como ciudadano en ejercicio de su derecho a la libre expresión. La valiente lucha que se da desde esos espacios contra el intento de apagar la realidad para instalar “mentiras organizadas”, Arendt dixit, forma parte medular de la obligación de arrojar luz sobre la evidencia, no ocultarla. De allí que hacerse eco de la verdad en la esfera pública resulte una tarea arriesgada, en la medida en que esta tiende a cuestionar opiniones e intereses de los poderes establecidos. En ese punto, periodista y propagandista se separan de forma radical. Si a algo está forzado el periodista, aun a consciencia de sus sesgos y simpatías, es a interpelar al poder, a incomodarlo si es necesario; pero sin que ello signifique, por supuesto, ignorar datos, renunciar al equilibrio y la comprensión de fenómenos que........
