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César Valdeolmillos Alonso: «¿Arde España?»

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06.10.2026

«Quien en la derrota destruye la casa común para que no la habite su vencedor, confunde su propia sombra con el destino del mundo.» – Lucio Anneo Séneca

Existe una gramática del desaliento que la historia repite con pertinaz exactitud cuando el poder vislumbra su propio fin. Las civilizaciones y los regímenes no suelen perecer por asaltos repentinos, sino por el paulatino envenenamiento de sus manantiales morales. Guardando las oportunas y sagradas distancias que separan la barbarie del horror bélico de las contiendas de un Estado de derecho, la psicología del gobernante acorralado responde siempre a una misma pulsión: la incapacidad para concebir un mañana en el que sus manos no sostengan las riendas del destino colectivo.

Corría el mes de agosto de 1944 cuando una voz quebrada por la ira resonó en los cables telefónicos que unían la guarida del lobo en Prusia Oriental con el cuartel general de la ocupación en la capital francesa. Adolf Hitler, atrapado en las redes de una derrota militar que se negaba a procesar en sus esquemas mentales, gritaba una pregunta convertida en icono de la desolación: «¿Arde París?». Aquella orden implacable exigía transformar los puentes, la arquitectura milenaria y el alma de la urbe en un páramo de escombros antes de que las tropas de la liberación izasen sus banderas. Aquel bramido no nacía de la estrategia, sino de la más pura patología del despecho.

No hablamos de bombas, ni tanques. La comparación no va de ver arder edificios, sino de la forma de actuar que tienen quienes mandan cuando sienten que el sillón se les tambalea.

Aquel dictador desesperado prefería ver París convertida en ruinas antes que entregarla intacta a sus rivales. De la misma manera, hoy aparece la injustificable inclinación de dejar el prestigio de las instituciones de todos hecho girones, con tal de que el gobernante que venga detrás se encuentre la casa patas arriba y no pueda levantar cabeza.

Pedro Sánchez, al enfrentar la fase más agónica de su andadura parlamentaria, evidencia los síntomas propios del mandatario acorralado. Cuando la permanencia en el sillón gubernamental deja de apoyarse en la razón de Estado y se convierte en el único fin de la existencia política, las instituciones democráticas pasan de ser templos de la convivencia a simples piezas de trinchera. El incendio que hoy nos amenaza no destruye piedras ni edificios; lo que realmente hará será quemar la confianza que nos une a todos los ciudadanos.

II. El rompecabezas de las conductas humanas

La gente no juzga a los gobernantes por lo que prometen en los mítines, sino por lo que hacen día a día. Al juntar las piezas de estos últimos movimientos —las votaciones perdidas en el Congreso, el abuso de la legislación de urgencia y el uso de los órganos de guardia para colar por la puerta de atrás lo que el Pleno tumbó—, se descubre el verdadero propósito: imponer la voluntad del Ejecutivo a cualquier precio y dejar encendida una mecha que incendie la calle en cuanto comience la campaña electoral.

Recurrir a la Diputación Permanente para resucitar los decretos que la mayoría de la Cámara rechazó a plena luz del día ya es, de por sí, un severo atropello a las normas de convivencia. Pero el verdadero agravante de esta maniobra es que el Ejecutivo conoce de sobra que a un Gobierno en funciones le está prohibido aprobar medidas que aten de pies y manos al equipo que vendrá después, salvo en casos de auténtica y demostrada emergencia, como una catástrofe natural. Usar un retén de guardia diseñado para salvar situaciones extremas como si fuera un pasadizo secreto para colgar un candado al futuro no solo burla la voluntad de la Cámara, sino que vulnera a sabiendas las reglas más elementales del juego democrático.

«Cuando las reglas del juego se retuercen para forzar la supervivencia del jugador, el juego mismo pierde su sentido y el público abandona el........

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