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¡A la mierda!

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thursday

La semana pasada decidí que ya era hora de cortarme el pelo y hacerme un shag. Lo que es una decisión arriesgada si tienes el pelo rizado -y eres bajita como una servidora- porque la posibilidad de acabar como Frodo Bolsón está siempre presente. De hecho yo recomiendo a todo el mundo en mi situación que se hagan con un chaleco y una capa para, en caso de emergencia, abrazar con todas las de la ley su nueva identidad como hobbit. Afortunadamente mi peluquero es un sol y me dejó guapísima, en plan mirarme de reojo en los espejos y sonreír. Todo esto sucedió el mismo día en el que Trump amenazó con borrar del mapa Irán, esto es, apretar el botón de la bomba nuclear y destruirnos a todos por el camino de su inabarcable estulticia y egocentrismo ridículo. Y yo mirándome al espejo -que es algo rarísimo en mí- y tocándome el pelo, ahora con flequillo, ahora para atrás, ahora con volumen, ahora detrás de las orejas y pensando que si el mundo se iba a acabar a mí me pillaba lista para el primer plano, señor De Mille. Y me entró la risa. Y esa noche conseguí dormir a pesar de la amenaza de levantarme y ver el mundo -y mi mundo- hecho unos zorros.

Mi marido siempre me dice que soy capaz de reírme de cualquier cosa. Y lo dice como un elogio. Tiene razón, me río muchísimo. También soy de lágrima fácil, ponme un perro delante haciendo monerías o una princesa Disney bailando y se me cae la lágrima. Hay quien piensa que la risa -y el llanto- son síntomas de inestabilidad y debilidad mental. Pero como ando con el ego subidísimo gracias a mi peluquero no me va a temblar el pulso en defender todo lo contrario: que la risa es un arma poderosa. Y también temible.

La risa es tan peligrosa que durante siglos las élites, que hasta el invento de las democracias liberales se identificaban con el Estado, se han preocupado en mantener su monopolio, al igual que han hecho con la violencia. Porque la risa ha sido el instrumento de los poderosos para humillar a los de abajo, la excusa de los abusones para vejar al débil, el pretexto del cerrado de mente para despreciar todo -y a todos- lo que no entiende, el bozal con el que se quiere silenciar al disidente, al discordante. Pero en manos de los de abajo, en manos del pueblo, la risa destruye los pedestales construidos con arcilla a los que se suben los poderosos, los iguala -como la muerte- al resto, les roba la "gravitas" con la que justifican su poder y arbitrariedad, les humaniza y les recuerda que todos somos, en algún momento de nuestras vidas, risibles, falibles, ridículos. También ellos. Sobre todo ellos.

En tiempos en los que las élites, con los dueños de Silicon Valley a la cabeza, sueñan con recuperar el orden del Antiguo Régimen y deshacer los principios de la Ilustración para volver a encarnar el Estado -incuestionable, inconmovible, caprichoso, autoritario, corrupto-, debemos recuperar el poder disuasorio y subversivo de la risa. Porque esta pone a prueba las costuras de ese invento maravilloso que llamamos democracia. En Atenas, por ejemplo, las comedias, que se representaban delante de toda la polis, eran las que realmente testaban el compromiso democrático de las élites, pues en ellas era donde se las dejaba expuestas al escarnio público, desnudadas y ridiculizadas ante toda la ciudad, incluidos los esclavos. Este era el peaje que había que pagar si se quería ostentar el poder -político, religioso, económico, moral-. Porque solo los tiranos -y los idiotas- prohíben que se rían de ellos.

Por eso, que en España la judicatura mire hacia otro lado cuando se acosa en los portales de las casas a políticos o periodistas, se pide “cuneta” para una sindicalista o cuando se ahorcan muñecos con la imagen del presidente, pero que se muestre implacable si alguien hace un chiste sobre Dios o ETA -dos entes inexistentes, pues la banda terrorista vasca cesó toda actividad armada en el año 2011 y desapareció en el 2018-, es un síntoma de una enfermedad más que preocupante. Toda una revelación, no solo de la falta de sentido del humor de la que hacen gala algunas de sus señorías, sino sobre todo de su intolerancia y arbitrariedad y, principalmente, de lo confundidos que parecen estar sobre cuestiones tan fundamentales como su papel como garantes de la democracia, el laicismo y la libertad de expresión.

Y es que la risa bien usada -de abajo hacia arriba- es emancipadora y contestataria. Porque la risa no elude el conflicto, lo enfrenta, lo desafía. No es superficialidad ni banalidad, sino compromiso con la vida y el mundo que te rodea, desenmascaramiento de la pomposidad, la arrogancia y la estupidez con la que se manejan las élites y los poderosos. Tampoco es conformismo, pues la risa lleva a la alegría y esta solo puede nacer del verdadero inconformismo que pone en cuestión el orden establecido. De esta manera la risa y la alegría de vivir deberían ser los ejes centrales en todo movimiento de izquierdas, progresista y emancipador, de todo proyecto que luche por acabar con las desigualdades y aspire a garantizar la buena vida -alegre, feliz, segura, agradable- para todos y todas sin excepción.

Pero hete aquí que en casa nos encontramos con una izquierda ceniza, triste y en perpetuo cabreo. Una izquierda que siempre está dando pellizcos de monja a sus aliados, que siempre acaba poniéndole peros a todo, escrutando dónde está la mácula que desvirtúa cualquier victoria, cualquier avance. Una izquierda -cada vez más minoritaria pero muy ruidosa- que ha hecho de su aguafiestismo militante su razón de ser. Una izquierda tan tristona y chirriante que ya es incapaz de reconocer los triunfos, mucho menos celebrarlos. Porque lo sucedido el pasado fin de semana en Hungría fue mucho más que la caída de Orbán y de su régimen, que se había convertido en la punta de lanza y en el laboratorio de las políticas de la internacional reaccionaria en Europa. Fue el anuncio del principio de algo. De un cambio impulsado por la sociedad húngara, que fue capaz de unirse para vencer a todo un vicepresidente de EEUU -por muy devaluado que esté este cargo en la actualidad-, a los señores tecnofeudales de Silicon Valley, al ejército de bots rusos y a un sistema electoral amañado y que hacía casi imposible la derrota del tirano húngaro. Una sociedad que se encontraba en una encrucijada y que eligió democracia frente a Reacción, alegría y risa frente al miedo, las presiones y las amenazas de Trump y Putin.

Esta izquierda de suspirito jesuítico está molesta por que la marea política por fin comience a cambiar, porque no son ellos los que lideran este cambio. Una izquierda mustia empeñada en negar lo que tiene delante de sus narices: que Europa parece dar muestras de que está despertando y de que es posible revertir la fiebre reaccionaria que nos empequeñecía, que nos estaba ahogando en miedo, odio y tristeza. Y es que hay -y siempre ha habido- una Europa que merece la pena, una Europa que quiere dejar atrás a las Von der Leyen y la severidad calvinista que nos metió en la trampa de la austeridad y alentó el resurgimiento del fascismo. Una Europa que, con todas sus sombras y máculas, salió masivamente a las calles a denunciar y exigir el fin del genocidio del pueblo palestino y la complicidad de la UE con Israel, Una Europa que grita No a la Guerra, una Europa que comienza a darle la espalda a la reacción, al enfado constante. Una Europa que sonríe, que desafía, que planta cara.

Resulta esperanzador que, en medio de tanta confusión y ruido, la resistencia a la Reacción, a la guerra, a las amenazas de matón de un Trump cada vez más acorralado, aislado y enajenado -incluso del propio movimiento MAGA-, esté personificada por dos italianos en camiseta fumando, bebiendo Campari y escuchando música de los ochenta en una terraza al sol. Una terraza que podría estar en Xixón, Berlín, Barcelona o Sofía. Una terraza europea que, cuando más lo necesitamos, representa la alegría de vivir, el compromiso con todo lo bueno de la vida y el desafío al gesto torcido, al mohín del que nunca está conforme, al dedito de señorita Rottenmeyer, al aguafiestas. Una Europa que por fin comienza a entender su papel en el mundo y que está perdiendo el pudor y el miedo de decirles a los cenizos, a los reaccionarios y a la mala gente que ya va siendo hora de que se vayan a la mierda.


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