El espíritu librepensador
Un librepensador se construye en el ejercicio crítico equidistante entre el deber ser y la vida. Y no descuida ese ligue casi imperceptible con el mundo subjetivo y el ruido de lo cotidiano.
Camina a ratos sin mantos sagrados, despojado de sí mismo, desnudo y entero frente al otro.
Observando las estrellas y no descartando la posibilidad de ser una, cualquier rato, cualquier hora, cualquier día. Y con las certezas y las dudas en danza guerrera y soliloquio generoso. Y la demudada utopía en la mitad de la frente. Utopía libertaria, agitadora, definidora de cauces.
Pero no es ajeno al silencio, un silencio coloquial, persistente, agresivo, que atempera o no las vicisitudes del alma.
El librepensador recorre las avenidas dibujando una sonrisa sin cansancio. Casi al azar, sus cabellos flamean como antorchas en búsqueda de pares, ávido de descubrimientos, de discursos afines que enfrenten el anquilosamiento y lo imperturbable, que reinauguren convicciones.
Y mira más allá de los ojos, al fondo de la pupila, para perderse en el otro, sin tregua ni olvido. Porque ante la belleza del prójimo y los sortilegios de la química, no se excusa ni se rinde. Sí se deleita en delicioso frenesí. Entonces da fe de la plenitud de la vida y la fuerza de las cosas, alegrándose de grata manera.
El librepensador vive el jubileo de ser quien es, a pesar de los embates del tiempo y los demás.
En salvaguarda, ejerce una fidelidad consigo mismo que se deconstruye y se decanta y pese a ella sigue intacta.
La autora es docente titular de la UMSA e internacionalista
