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Ya nos veremos, Auralú

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31.03.2026

Una gran mujer, bella entre las bellas, sabia entre las sabias, amorosa, sensual, atrevida, impetuosa, valiente, acaba de decir tacho y la remacho y no juego más y se retiró al descanso definitivo, evitando una continuidad desesperanzada. La perdemos por igual el mundo, la cultura, su familia y mi corazón. Con su pluma de mecanógrafa periodística azotó la injusticia y la corruptela. Paseó por el mundo de museo en museo siendo admirada a la par que las obras expuestas. Tenía conciencia de su bella figura, pero su sentido del humor le permitía hacer broma de sí misma, a consecuencia de su pronunciado juanete.

(Le puede interesar: Doctora Corazón, ¡atiéndame!).

Fue la joven esposa del gobernador del Valle Rodrigo Lloreda Caicedo, padre de sus cuatro hijos espléndidos: Rodriguito, Kiko, Chedes y Chía, por quienes mantengo un afecto y una gratitud sin medida. Se disolvió su relación y ella le puso la cara a lo que puede y debe llegar una mujer talentosa. Ingresó a la libromanía y fue por muchos años comentarista de títulos para el Círculo de Lectores. Igualmente cortejada por galanes de allá y de acá, quiero decir de Madrid a Cali, llegó a mis brazos cuando gané el premio de poesía de la editorial de Gabo, me sacó del budismo y me incrustó en el jet-zen, enseñándome a manejar los tres tenedores.

Nunca pensé que llegaría a morir, por lo menos antes que yo. Pero me voy dando cuenta, a medida que obturo estas teclas, de que morimos al mismo tiempo. Porque yo ya no soy yo sin su presencia en la tierra. Milagroso y generoso amor de mi vida, te entrego mi alma.

Tuvimos un amor de unos cuantos meses a prueba de pararrayos y, aunque hace 45 años nos dimos el último beso, siguió siendo un amor perpetuo, lleno de gracias por cuanto me enseñó a gozar de la vida y a no guardar ni pizca de resentimiento por cuestiones de moneda o de posición. Gracias a ella y a la poesía que me inspirara y que me impulsara, escalé hasta donde pude, hasta el peldaño más alto de las ilusiones, de donde en este momento me estoy desplomando.

Patricia Lara se refiere a ella como “una mujer maravillosa por su honestidad, carisma y calor humano… ¡Qué grande es su capacidad de amar, Aura Lucía!”. Y todos los medios le entonan pomposos elogios en el lamento por su partida.

Gracias a ella y a la poesía que me inspirara y que me impulsara, escalé hasta donde pude, hasta el peldaño más alto de las ilusiones, de donde en este momento me estoy desplomando.

Durante años anduvimos tomados de la mano por entre las páginas de El País con nuestras enhiestas y amenas columnas semanales. Se dolió cuando anuncié que renunciaba a continuar por el cambio de dueños del diario, pues era necesario mantener mi presencia en la Cali que había abandonado en 1970 pero me dejaron ir.

Tan impertinente como contundente en sus temas, escribió en épocas pasadas un artículo desafiante hacia las adalides de la nueva enseña del feminismo, “No más Me Too”, donde entre otras cosas decía: “Estoy hasta la coronilla de tanto “Me Too”… de tantas acusaciones de ‘mujeres acosadas’, de tantas fragilidades femeninas que se han convertido en tsunamis feministas fundamentalistas contra los hombres, ya acorralados y tildados de victimarios feroces contra las ‘costillas’ o mujeres… Ahora cualquier vieja acaba con la reputación de un hombre después de 20 años diciendo que ‘el personaje en cuestión’, sobre todo si es famoso, la ‘acosó’. Ya un piropo es un acoso, una llamada telefónica es un acoso, una mano mal puesta es un acoso”.

Creo que peco de irrespetuoso haciendo aspavientos de nuestro leve pero inacabable romance, habiendo tanto que contar de su valeroso hacer por el mundo. Pero no me apena expresar por los medios la magnitud de mi amor por ella, porque ya lo he hecho en repetidas ocasiones en el último medio siglo. Supongo que los romeos que tuvo antes y después se expresarían con similar admiración por lo que significó acompañarla. Pero también presumo que soy uno de los pocos sobrevivientes y por eso mantengo mi desparpajo. Tuvo muchos y profundos y bien plantados enamorados de los que no me detendré en enumerarlos, seguramente galanes válidos, entre los cuales yo no tendría opción de figuración. Pero lo logró el presumido firmante. Gracias, entre otras cosas, a la poesía, que es la que me llena la tina.

(Lea todas las columnas de Jotamario Arbeláez en EL TIEMPO, aquí)


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