Doctora Corazón, ¡atiéndame!
Desde que me nacieron y crecieron los primeros pelos del pubis pensé que iba a ser un abanderado del amor loco, que supuse no tendría nada que ver con el corazón, como se convenía en la época, porque eso era cosa de los antepasados románticos. Había que ser descorazonado porque, entre otras cosas, no se debía tener esa víscera conmiserativa para enfrentar los inmisericordes estropicios del mundo, entre ellos la crueldad criminal en el paisito que nos tocara. Y también porque una cosa es el amor que se hace de catre en catre y de carne en carne, y otra, el enamoramiento que se percibe hasta con una sola mirada y de allí no pasa. Al que se denominaba platónico. Como no había oído de las otras categorías, pero sí hablar bellezas del amor propio, no tardé en consagrarme a él con desenvoltura.
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Más tardecito me incrusté en la poesía, tanto para protestar contra la violencia que nos mataba, sobre todo en los campos, como para ver de coronar algunos de esos tentáculos que por las calles de Cali pasaban caminando como si danzaran. Como me cansé de leer a Marx y a Kropotkin muy pronto pasé a inspeccionar cuanto libro sobre el sexamor se había publicado a partir del pecado original, hasta los que ofrecían los bukinistas de la plaza de Santa Rosa por máximo 5 pesos. Comenzando por Dos noches de placer, del lánguido poeta Alfredo de Musset –romántico por antonomasia y amado por la señora George Sand–, en cuya inescrupulosa lectura entendí que había el amor sexológico entre mujeres. Continuando por los dos tomos de Mi vida y mis amores, del caballero Frank Harris, a quien pretendería emular, terminando por El libro de la lujuria, donde no se me quedó rendija sin atisbar, y en el intervalo por Mi vida secreta, ambos de autores tan anónimos como era yo por entonces. Curioso, en una de esas ofertas de dos libros por uno, una vez me encontré con uno de Giovanni Verga y Extraño goce, de Poli Délano.
Hasta que un día di en La Celestina con esta definición que me dejó tan pasmado que hube de suspender mi matinal homenaje a la diosa Afrodita: “El amor es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, una dulce y tierna herida, una blanda muerte” (acto 10). No es que le hiciera caso a la lluvia de oxímoron (término que no tiene plural) que se le ocurrieron a don Fernando de Rojas siendo el abanderado por la secuencial ocurrencia, que sería continuada siglos más tarde por el excelso León de Greiff con eso de: “Amor, deliciosa mentira, áspero amor, retorna, ven”.
Fui uno de esos poetas más prendidos que prendados del amor, que en eso de las relaciones se me fue empantanando como a todos los donjuanes crucificados.
Durante toda mi vida fui uno de esos poetas más prendidos que prendados del amor, que en eso de las relaciones se me fue empantanando como a todos los cazanovias aventureros y donjuanes crucificados. Porque tuve la suerte de las adoratrices más bellas que me colmaron de caricias cornamentales, al extremo de que se me terminó cayendo la pelamenta, que era lo principal que las seducía. Hasta que un famoso dermatólogo me la recobró, invisibilizando los innúmeros cuernos, y es así que ahora soy un varón que no tengo esa preocupación porque mi actual compañera tampoco me los pone ni siquiera conmigo. Bonito final para un latin lover. Quien siempre pensó que el amor era para hacerlo terminó deshecho por él.
Qué vergüenza concebir el acto sexual como la maniobra por excelencia, cuando esa excelencia podría radicar ahora en la abstinencia, pues me ratificó un amigazo que a mi edad debería dejar de pensar en sexo y volver a la infancia. Le hice caso. Y me fue peor. Acudieron a la memoria todas mis mañas. Como me aconsejaron también que no jodiera más con el tema de la muerte, volví al de la lujuria, y me dicen que tampoco, porque ya no me luce.
Me ha hecho a la vez sonreír y sonrojar el encuentro de este verso de André Breton: “A veces he llegado incluso a destruir el pedal del órgano”. Aunque creo que el francés hablaba más piano. Lo que me hace acordar de la sentencia de un compañero publicitario: “Usted va a terminar como los trompos: por el herrón”. Me tocará acudir a una consulta con la Doctora Corazón, en la prepagada, disculpándome antes por haber difamado de órgano tan cordial.
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