menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Desnudando el bolero

10 0
03.03.2026

Hace un par de años asistí, en la Librería Relato de Villa de Leyva, a la velada Desnudando el bolero, donde una preciosa pianista y cantante, a quien ya había atisbado, Tatiana Jáuregui, interpretaba boleros inolvidables y su acompañante, Kepa Amuchástegui, relataba anécdotas referentes a esas canciones y leía poemas de amor legendarios, de Silva, Neruda, García Lorca, la Mistral y Jacques Brel. Al terminar subí a la tarima a felicitarlos, abracé a Kepa, a quien no veía en 40 años, y aproveché para hacer lo mismo con la deslumbrante gacela. Meses después Tatiana preparaba otra presentación con Kepa, en la Konrad Lorenz, en Bogotá, pero el actor tuvo la ocurrencia de morir de repente. Y ella me sugirió que lo reemplazara. Eureka, me dije, se me abrió el cielo.

(Le puede interesar: La locura por los libros).

A esa representación acudió mucho público, muchos amigos, y entre ellos Sandro Romero, quien propuso que, en adelante, en lugar de los poemas clásicos, leyera los míos. Y a ensayar me consagré con Tatiana, con la asistencia de ese hombre de teatro que es Tomás Jaramillo, para cumplir con la invitación que nos cursara el Festival Villa de Letras.

Aparte de la maravillosa interpretación bolerística y de la lectura de mis piezas más elocuentes, ocurrió que Tatiana intercalara una conversación referente a lo que ocurre con el pretendido casanovias, lo cual me caía de perlas. Estos fueron algunos de los parlamentos:

–¿Cuántos boleros te has bailado en tu vida? –Todos los que sonaron en mi radiola y en las radiolas de los bailaderos. Donde tanto gasté... zapatos. –O sea que eres un hombre con una gran experiencia, que es un sex appeal contundente. Los hombres de 50 años en adelante pretenden que se las saben todas, no tienen tabúes. Tú qué dices. –Un hombre a cualquier edad, en especial a la mía, que ahora marca 85, refiriéndose al amor y a ese punto delicado que es la sensualidad, se las sabe todas, menos una. –Cuál. –La que sabemos. En mi caso, refiriéndome a lo amoroso, más que para hacer conquistas, para cantar desaires y humillaciones. Porque no hay nada más aburrido que un poeta feliz. –Darío Jaramillo afirma que tu mejor poema es Transmigración, ¿me lo dices? –“Cuando la vida humana / desaparezca del planeta / y yo resida en una piedra / y tú en los nervios de una hoja / recordarás que te lo dije / cuando jugábamos al cuerpo / déjame amarte que más tarde / tiempo tendremos para el resto”. –Ese poema tan persuasivo debe haberte facilitado muchas conquistas. –Pues sí. Me salvó de los costosos ramos de rosas, los collares de perlas y las invitaciones a Punta Cana. –Jotamario, ¿tú te consideras buen mozo? – Si fuera buen mozo sería mal esposo, como soy buen esposo debo ser un pésimo mozo. –Jejé. Ahí está el Jota conquistador. Me gustaría que me compartieras una técnica que te haya servido para hacer realidad tus conquistas. –Muy sencillo, me desvisto cada vez que me lo piden, así sea para una foto, como la que me tomaste para promocionar este acto. Es infalible. Y cuando toca contacto, toco con todo el tacto posible, muy piano, con el mismo tacto con que tú tocas... tu instrumento. A veces sueño con llevarte a recorrer el mundo. –Empezando por llevarme a tu cama, ¡verdad? –Te confieso que mi cama es lo único blando en mi cuarto, ¿irías? –Dame primero un beso. Uy, casi me arrancas la boca. –Era lo menos que podía hacer, ante tu pedido. –Nos vamos adentrando a zonas más profundas del erotismo, como nos gusta, ¿no es verdad, Jotamario? (La tengo de un cachito, pensé). –Me huele que sí. Qué inolvidable noche hemos pasado. Y me imagino la seguiremos pasando. ¿Nos gozamos una pieza? –Ay, Jota, no seas tan atrevido delante de todo el mundo. –Una pieza musical, bailemos.

Bailamos amacizados. Los aplausos fueron ensordecedores. Entre ellos para un artista de entre el público que fue convocado por Tatiana para interpretar el bolero Sabor a mí, ese que dice: “No pretendo ser tu dueño, no soy nada, yo no tengo vanidad”. La tomó de la mano y se la fue llevando, mientras el viejo verde recibía en el hombro cariñosas palmaditas de consolación de parte del público. Menos mal que había anticipado que en mis poemas, más que exaltar el amor, cobraba los desaires de la traición.

(Lea todas las columnas de Jotamario Arbeláez en EL TIEMPO, aquí)


© El Tiempo