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Cumpleaños

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09.08.2019

El 7 de agosto tuve, de regreso a Bogotá, la desgracia de sufrir un accidente automovilístico. Apenas sucedió, un par de conductores que me habían adelantado pararon a preguntarme si estaba bien. Un motociclista se bajó y me prestó su celular (yo no acertaba a encontrar el mío) para que llamara a la grúa; se esfumó antes de que le pudiera siquiera ofrecer alguna contraprestación. Al cabo de un rato me abordó una patrullera de la policía. Después de comprobar que no estaba herido, se decidió a acompañarme con su moto luminosa hasta que la grúa se hubiera llevado al carro (estábamos en una curva cerrada y oscura). Mientras tanto, un indigente alertaba, con la temeridad de un banderillero, a los otros conductores para que no me fueran a chocar por detrás.

De toda la panoplia de personajes que participaron en mi minidrama, solamente el indigente insinuó que quería algún pago a cambio. Pero se lo había ganado, así que se lo di con gusto. La patrullera, una joven recta, amigable y tranquila, desde el principio me dejó........

© El Espectador