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Ceuta y la nación

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26.08.2026

Si miramos para otro lado en Ceuta, si consideramos que no es cosa nuestra, estaremos rebajándonos a ser un ejemplo de esas funestas decisiones colectivas que definen la historia contemporánea europea

Parece ser que fue De Gaulle quien dijo que, en política, lo último que puede hacer uno es el ridículo. Han transcurrido ya casi un mes desde el asalto masivo a la ciudad de Ceuta, que ha recibido muchos nombres: invasión, ataque híbrido… Sus efectos son desgarradores. El diagnóstico, de sobra conocido, aunque no está de más sintetizarlo adecuadamente. Han sido demasiados años de una política exterior pobre, pacata y descreída: los ingredientes para un gran ridículo. Una política que no ha sabido asumir una realidad que es fundamental: Marruecos puede ser un socio necesario en cuestiones cruciales en las que nuestros destinos están entrelazados. Pero es también un rival geopolítico que no oculta en su relato nacional que su destino pasa por arrebatar a España no solamente Ceuta y Melilla y el resto de posesiones españolas en el norte de África, sino también las Islas Canarias y más allá. En los últimos años se ha consolidado, además, como una potencia regional en alza, perfectamente sintonizada con los Estados Unidos y, como siempre, ferozmente atenta a cualquier signo de debilidad española para aprovecharla.

Durante todo este tiempo –y extiendo esta afirmación más allá de los gobiernos de Pedro Sánchez– nuestra debilidad ha sido estructural. El tic-tac del reloj se ha convertido en la funesta cuenta atrás de una bomba que estallará en nuestras manos con consecuencias que la mayoría de los españoles, adormecidos cuando no atontados por una política nefasta, ramplona y miserable, no son capaces de imaginar ni........

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