Trump descubrió que los aranceles sí suben los precios
Donald Trump pasó buena parte de su regreso a la Casa Blanca explicando que importar menos, cobrar más aranceles y proteger al productor estadounidense permitiría fortalecer la economía y devolver prosperidad a las familias. Ahora, cuando el precio de la carne de res se encuentra cerca de máximos históricos y el costo de llenar el carrito del supermercado empieza a pesar políticamente a unos meses de las elecciones de medio término, el presidente acaba de hacer exactamente lo contrario: permitirá durante 90 días la entrada de hasta 300 mil toneladas métricas adicionales de carne molida importada con alivio arancelario para aumentar la oferta y tratar de reducir el precio que pagan los consumidores. No está mal rectificar cuando la realidad lo exige. Lo interesante es la lección económica que la rectificación deja: los aranceles pueden proteger a quien produce, pero nunca pueden garantizar que no terminará pagando más quien compra.
Trump asegura incluso que esa carne podrá venderse aproximadamente 25 por ciento por debajo de los precios actuales. Está por verse si realmente ocurre. Economistas y representantes de la propia industria advierten que las 300 mil toneladas representan apenas una fracción del enorme mercado estadounidense y dudan que semejante volumen sea suficiente para provocar por sí solo una reducción sustancial en los precios. Pero más allá de que la medida funcione mucho, poco o nada, su significado político resulta extraordinariamente revelador: para abaratar un producto básico, el presidente que ha convertido el arancel en una de las principales herramientas de su política económica necesita ahora reducir precisamente la barrera que encarece su importación.
El problema de la carne estadounidense, por supuesto, no nació con Trump ni puede explicarse exclusivamente por los aranceles. Estados Unidos tiene hoy uno de sus inventarios ganaderos más pequeños en décadas, después de años de sequías que encarecieron pastizales y alimentación, elevados costos de producción y una prolongada reducción del hato. Reconstruirlo llevará tiempo porque una vaca no sale de una línea de ensamble ni puede aumentarse la producción mediante una orden ejecutiva. A ello se sumaron restricciones a la entrada de ganado mexicano por razones sanitarias y cierres o reestructuraciones de plantas procesadoras. La oferta disminuyó mientras la demanda de carne se mantuvo sorprendentemente fuerte, y la consecuencia lógica apareció en las etiquetas del supermercado: precios récord. Reuters señala que los inventarios están en su nivel más bajo en alrededor de 75 años.
Precisamente por eso sería simplista afirmar que Trump provocó por sí mismo el encarecimiento o que basta eliminar un arancel para corregirlo. No es así. Pero también sería absurdo ignorar la contradicción entre el diagnóstico económico que su administración ha defendido durante meses y la solución que ahora propone. Si aumentar importaciones puede ayudar a incrementar oferta y reducir precios, entonces las importaciones no son siempre el enemigo. Y si reducir temporalmente un arancel facilita que esas mercancías entren más baratas, entonces el arancel tampoco es ese impuesto mágico que supuestamente paga exclusivamente el extranjero sin repercutir sobre el mercado estadounidense.
Ése ha sido uno de los problemas centrales de la narrativa comercial de Trump. Durante años explicó a sus seguidores que los aranceles eran una especie de factura enviada a China, Canadá, México, Europa o cualquier otro país exportador. Pero económicamente el mecanismo funciona de otra manera. El impuesto se cobra al importador estadounidense cuando la mercancía entra al país. Después comienza la disputa sobre quién absorbe el costo: el productor extranjero puede reducir parte de su margen; el importador puede aceptar otro porcentaje; una empresa puede compensarlo reduciendo utilidades o buscando proveedores diferentes, y una parte puede terminar trasladándose al precio final. La proporción varía según el producto, la competencia y las........
