El derecho a despedir al jefe
Son los pueblos los que ponen todo el dinero y toda la sangre que alimenta un sistema administrado por la secta de los señores neofeudales, infinitamente más corrupto, más degenerado y más brutal que la República y que el Imperio Romano juntos.
Según escribió Cicerón en Disputas tusculanas (casi tres siglos antes del dictador que gobernaba Roma, Julio César), el tirano de Siracusa‚ Dionisio‚ cansado de la adulonería y de la envidia de su cortesano Damocles‚ lo invitó a sentarse en su trono․ Damocles no disfrutó del banquete más de unos minutos․ Cuando miró hacia arriba‚ vio que sobre su cabeza colgaba una espada sostenida por una cerda de caballo․
Era una advertencia política: quien manda vive bajo una permanente amenaza. Si es consciente de ella, estará alerta de las consecuencias de cada una de sus decisiones․ Por entonces, los pueblos eran más temidos que los ricos de la ciudad. Por entonces, eran los más ricos quienes debían costear la mayor parte de las guerras que se atrevían a promover.
Julio César fue asesinado un año después de que Cicerón publicara Disputas tusculanas. No fue asesinado por su pueblo, sino por un grupo de senadores que representaban a la oligarquía romana. Fue un acto de traición mutua, ya que estos senadores habían sido sus principales aliados en el gobierno. Exactamente treinta años después, Plutarco reportó sobre el asesinato de Quinto Sertorio en Hispania a manos de oficiales mercenarios, quienes no recibieron la compensación esperada, lo que produjo el clásico recordatorio de que “Roma no paga traidores”.
Dos mil años después‚ hemos logrado el prodigio contrario․ No son los ricos quienes pagan por las guerras que inventan, sino quienes cobran por ellas. Son los pueblos los que ponen todo el dinero y toda la sangre que alimenta un sistema administrado por la secta de los señores neofeudales, infinitamente más corrupto, más degenerado y más brutal que la República y que el Imperio Romano........
