¿Votamos para elegir o para odiar?
Esta campaña no pidió solo votos. Pidió rabia. Y se la entregaron. Se jugó, no a convencer, sino a destruir. La rabia fue el combustible más rentable: más que las propuestas, más que los programas, más que cualquier cifra. Sirvió para simplificar el país en dos bandos, para borrar matices, para volver sospechoso al que duda y enemigo al que contradice. Una emoción eficaz: moviliza rápido y no exige demasiado.
Se caricaturizó al contradictor, o al que es medio o mínimamente diferente, hasta hacerlo irreconocible. Y así, poco a poco, se fue instalando una lógica donde discutir dejó de ser posible y lo único que queda es imponer.
El resultado está a la vista: votantes convertidos en barras bravas, discusiones que ya no buscan entender sino anular y una conversación pública donde la grosería y el........
