José Luis
José Luis Coomonte con la obra «Ostensorio» al fondo. | ARCHIVO
Hoy es tu día en esta nuestra Pasión, desde hace muchos años, además. Fue en 1981 cuando unos pocos zamoranos pensaron que ya era hora de reconocerte aquí, en tu propia tierra, la categoría artística de la que ya habías dado muchas muestras por aquel entonces, aunque casi todas fuera de tu provincia, y que la Semana Santa de Zamora bien merecía tener una aportación tuya, sin perder para nada el estilo que te había distinguido en cuantas obras de carácter sacro y otras, habías trazado y modelado hasta entonces en tu taller de forja. No hace falta recordar que asombraste al mundo del arte allá en 1960, cuando te dieron la medalla de oro en escultura en la bienal de Arte Sacro de Salzburgo con Ostensorio, la original custodia que abría un nuevo camino a la creación artística y religiosa. El arte sacro encontró en ti una nueva expresión, hermosa en su concepción y realidad, pero totalmente opuesta a la que hasta entonces primaba en las iglesias. Fuiste, junto con Carlos Muñoz de Pablos y Francisco Arguello, del grupo Gremio 62, artífice importante de ese nuevo arte religioso, cuyo paso marcaba con paso firme el concilio Vaticano II.
Allá en 1981, Juan Fernández Prieto, al que hemos dicho adiós hace aún unas pocas semanas, entonces hermano regidor de la Hermandad de Jesús en su Tercera Caída y el grupo de amigos que le acompañaban en la tarea de resurgir aquella cofradía, quisieron encargarte la hechura de un nuevo trono o pedestal para ese pedazo de escultura que es el Cristo de la Tercera Caída de Quintín de Torre, uno de los grandes escultores de la posguerra y aceptaste el reto. Aquel año se presentó el nuevo trono, tan diferente a todos los que se habían conocido hasta entonces, desde aquellos de panel, de ojo de buey y espejos, de principios a mediados del pasado siglo, hasta los que aparecieron, años más tarde, en madera de nogal casi todos, tallados por los consumados maestros Julio Gómez el Chepa, Julián Maíllo, Manuel Rivas, Valentín Vaquero, Julián Román "Alito", Pastor Cadierno, Ángel Zúñiga, Miguel Pérez y los talleres de Fernández Gastalver o Labajo. Todos ellos hicieron con sus gubias una verdadera orfebrería en madera que, ya en estos tiempos, ha distinguido a José Antonio Pérez.
Tú, José Luis, trabajaste la fibra de vidrio y en ella, en esa mesa trono, esculpiste las catorce estaciones del Vía Crucis. Sobre ella, aparecía en toda su grandeza la impresionante talla del Cristo caído. Por la pátina de bronce que le diste rematando la obra, los zamoranos le pusimos graciosamente el sobrenombre de "La Tanqueta" que, además, conjugaba con el carácter militar que en su origen tuvo la hermandad.
Y tú, ni corto ni perezoso, apadrinaste artísticamente a la hermandad y donaste, año tras año, diferentes cruces tan atractivas y diferentes entre sí. Todas ellas llevaban tu firma inconfundible, fuesen en bronce, madera, fibra de vidrio, aluminio, hierro, resina de poliéster, materias todas que se ennoblecían en tus manos. Cada año la hermandad recibía tu regalo. Suma a su pequeño tesoro hoy día doce cruces alzadas y seis pectorales, cada una, un soberbio ejemplo de imaginación artística y belleza adiestrada en tus manos. Por tus valiosos regalos no recibías más que el agradecimiento de los hermanos. La gratitud entera de la Semana Santa te llegó aún no hace muchos años, en 2016, cuando te concedieron el Barandales de Honor que, aunque tarde, era justísimo.
Nos sorprendiste a todos en 1987 cuando erigiste una cruz con seis yugos, utilizados, ni se sabe desde cuándo, para uncir los bueyes del primitivo arado, labor ya por entonces prácticamente desaparecida, y asombrarnos con la idealización de la cruz levantada con la labor manual, fatigosa, sacrificada, de las gentes del campo de Sayago, Sanabria o Aliste, cuando el hombre y la bestia eran, juntos, insustituibles peones de aquella agricultura ancestral.
Poco tiempo después, en 1999, volviste a cruzar tu imagen con la fantasía para plasmar una nueva idea, tan original como todas las que surgían de tu mente y luego de tus manos. Volviste a pisar la tierra del afanoso trabajo del agricultor, para engarzar una corona de espinas con las rejas de arado que usaron durante siglos para remover la tierra y trazar los surcos del futuro cereal a campo abierto o de las sencillas hortalizas en la cercada huerta, o para entregarla al largo reposo del barbecho. Esas rejas arañaron secularmente las sienes del campo y se sometieron a la voluntad del hombre y de la bestia. Y ahora entretejen una gloriosa corona de espinas, colocada sobre el semblante penitente de la hermandad.
Años más tarde, ya en el penúltimo peldaño de tu vida, que descendías con gallardía de la mano de Marianela, ideaste esa cruz de los ausentes, hecha con madera, vendas revestidas de escayola, metal y lágrimas de vidrio que creaste, dijiste, pensando en tu madre, el amor que nunca estará ausente en la vida del hijo, otra espléndida idea que enriquece plástica y artísticamente el cortejo sabatino de Jesús, Luz y Vida, camino del cementerio, donde se cosechan cada día tantas otras lágrimas. No podía tener mejor destino.
Esta tarde, con permiso del tiempo, saldrá a la calle la Hermandad y la amorosa hilera de tus cruces sobrevolará el atardecer de San Lázaro y la noche en la Plaza Mayor. Un reguero cruciferario de amor y de arte irá escribiendo tu nombre, calle del Riego arriba… Son las cruces que creaste y tallaste con tus manos mientras ibas por el camino de la vida haciendo gala de una bonhomía que destacaba en tus palabras y, sobre todo, en tus hechos. Estarás esta noche en la plegaria de los hermanos pero, sobre todo, en el corazón de tantos zamoranos como admiramos tu obra y disfrutamos de tu amistad. La muerte no es el final para un creyente. Tampoco lo es para los artistas de tu categoría, citados ya con la inmortalidad. Sigues vivo en tu obra. Y así será por los años de los años.
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José Luis Alonso Coomonte
