menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Un café con Diógenes

11 0
08.04.2026

Colección de cachivaches / L. O.

Lunes del Pasico en Torre Pacheco. En el Cuatro Rosas, mientras compartíamos café y confidencias, un mechero se manifestó sobre la mesa. Me asombré al redescubrirlo, mirando con extrañeza ese embotellador de lo indomable. Ese objeto lo trarerían los marcianos, quienes hicieron las pirámides e inventaron el gazpacho. El encendedor —o isqueiro, como dicen con tanta sonoridad los portugueses— es un objeto realmente específico. Aquello fue el fogonazo que alumbró un paseo por el mundo de los cachivaches.

El primero en salir a la palestra fue el herrete. Es, posiblemente, el objeto más insigne para mi generación, pues a él le dedicaron Phineas y Ferb una canción que todos recordamos. Según la RAE, no es más que el remate, generalmente metálico, que se pone a los cordones o cintas para que entren fácilmente por los ojetes.

Doña Paula, además de ser nuestra tutora, era profesora de Plástica y Dibujo Técnico. Aún hoy me asombra la facilidad de aquella mujer para trazar líneas perfectas sobre la pizarra. Había diseñado un instrumental tan rudimentario como efectivo: una tiza atada a una cuerda cuyo extremo sujetaba con la mano izquierda. Cuando quería dibujar un círculo, apoyaba un extremo del cordel en el tablón y giraba sobre su eje como un compás perfecto. Para las rectas, empolvaba la goma y, zurriéndola, la percutía contra el encerado con un golpe seco lacerando la pizarra. Doña Paula era muy buena en lo suyo.

Lo ínfimo es inabarcable. También en el instituto, unas arandelas de plástico se colocaban sobre la hendidura lateral de la hoja que aprisionaba el archivador cuando el soporte se descomponía por el vaivén del estudiante. El pisacorbatas, los sujetamangas y las ligas. Pese a que muchos prefieran la hoguera, la guillotina de puros y la guillotina a secas son realmente específicas, aunque la máquina revolucionaria sea demasiado aparatosa para este baúl.

En la barra del bar, el raspador de espuma retira surfeando la nata de la cerveza. A mí me hace gracia que exista tal cosa como un banderín específico para el linier, cuyos patrones cambian según la geografía: los ingleses suelen llevar uno a cuadros y otro completamente fosforito, mientras que en España siempre coinciden. Si hablamos de cubertería, tenemos que prepararnos para el delirio, pues hay quien consideró que el mundo estaba vacío e informe sin un cuchillo para la mantequilla. La variedad de vasos se agradece: es de general conocencia que ningún vino está tan bueno como el que se bebe del chato.

Mirando mi escritorio veo mil cachivaches más. Cuanto más desordenado es uno, más rarezas amontona. La situación se va haciendo insostenible en este trastero de Diógenes. Para honra de la ironía, tampoco me importaría ser aplastado por lo ridículo.

Suscríbete para seguir leyendo


© La Opinión de Murcia