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El pucherazo de Feijóo

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El presidente del PP, Alberto Núñez-Feijóo, interviene durante el XVI Congreso Extraordinario del PP catalán, en el Hotel Grand Marina, a 27 de junio de 2026, en Barcelona, Catalunya (España). / Lorena Sopêna - Europa Press

A finales del XIX el fraude electoral español llegó a niveles de sofisticación desconocidos en el mundo occidental. Fue en el régimen de la Restauración ideado por Cánovas del Castillo. Todos los instrumentos orientados a impedir el fraude fueron eficaz y descaradamente utilizados para perpetrarlo.

Ayuntamientos y gobernadores civiles a las órdenes del ministro del Interior amasaban la manipulación. El adobe de los censos generó todo un estilo: «oficio de resurrección de los muertos y transfiguración de las almas». Se adelantaba el reloj municipal para impedir la aparición de interventores fuera de hora. Un alcalde como el de Denia en 1884, podía entrar en el colegio, abrir la urna, quemar las papeletas y sacar del bolsillo un papel con los resultados. Piquetes de ciudadanos armados o guardias civiles impedían votar en muchas poblaciones. Poco importaban las formas. Lo importante era que se produjeran actas ‘límpias’. «Lo que importa es la impecabilidad del acta. Cómo se ha conseguido es oficio de plebeyos que un caballero debe silenciar».

Era costumbre montar cerca del colegio electoral un tenderete con anís y rollitos para un piquete de ciudadanos, denominados ‘peatones’. «Hombres ligeros de pies y más ligeros de conciencia», que por unas pesetas votaban por otras personas. Y lo hacían varias veces. La primera vez, con el nombre aprendido. A la vuelta, anís, rollito y nuevo nombre. La........

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