Basura investigativa
La presión por “publicar o perecer”, la obsesión por las métricas entendidas como las cifras que indican cuántas veces se lee, se cita o se consulta en las plataformas un texto y el crecimiento de modelos que exigen pago para publicar textos científicos han contribuido a que, en muchos espacios académicos, se premie la cantidad por encima de la calidad de las investigaciones. Así se explica en un artículo titulado ‘The junkification of research’, expresión que puede traducirse como la ‘basurificación de la investigación’.
Sin desconocer las críticas que en ese texto se formulan, creo que también puede sostenerse lo contrario. Los nuevos escenarios de difusión científica han permitido que el conocimiento circule por fuera de los canales tradicionales y amplíen el acceso a él.
Lo digo desde la experiencia. Hace tiempo trabajé en un centro de investigaciones y más de una vez vi cómo el conocimiento se volvía inaccesible a punta de textos interminables, escritos en una jerga técnica que funcionaba, más que por precisión, como barrera de entrada.
En varias ocasiones tuve que leer cientos de palabras que repetían las mismas ideas una y otra vez, envueltas en un lenguaje sofisticado, y que hoy pienso podrían haberse condensado en cinco páginas sin perder nada realmente importante.
Por eso, cuando leo diagnósticos como el de la junkificación no puedo evitar pensar que el problema no es solo la mala calidad de las investigaciones, sino el modo en que ciertos sectores académicos se aferran a la idea de que el conocimiento debe ser aburrido e ininteligible.
Esto se nota con facilidad en el lenguaje jurídico. Hay normas y sentencias que parecen escritas para que nadie las entienda, como si la opacidad fuera una virtud. En contraste, hubo jueces como Carlos Gaviria Díaz, magistrado de la Corte Constitucional de Colombia, cuyas decisiones podían leerse como verdaderas lecciones de literatura, de historia y de humanidad, sin sacrificar el rigor jurídico.
Democratizar el acceso al conocimiento no implica rebajarlo ni volverlo superficial. En tiempos de redes e inteligencia artificial, quien no entienda esto queda en desventaja. La atención es cada vez más escasa y son menos las personas dispuestas a pagar, en tiempo o en dinero, por investigaciones aferradas a formatos excluyentes, lejanos a los intereses de cualquier persona.
NATALIA TOBÓN FRANCO
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