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Gloria, un capítulo de la cultura

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19.03.2026

Cuando hago el ejercicio de dar una mirada a los países de la Tierra, no temo en afirmar que eso que los hace grandes es su cultura. Desde los tiempos más remotos, es justamente ese legado el que prevalece y trasciende en el tiempo.

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Es momento para recordar a Gloria Zea (1935-2019), quien sigue siendo una presencia absoluta en el arte y la cultura colombiana. Su impulso creativo y su capacidad titánica de gestión aún se sienten en muchos aspectos de nuestra vida común. A la gran dama del arte en Colombia nunca la olvidaremos, pues artistas, gestores y público en general recibimos innumerables alegrías y beneficios de su trabajo; así que estaremos eternamente agradecidos con ella.

Juan Carlos Botero, su hijo, publicó una carta de despedida conmovedora, en la que nos recordó que ella “era una verdadera fuerza de la naturaleza: una mujer incansable que, faltando apenas horas para morir, y luego de sufrir graves crisis de salud a lo largo de los años, seguía al teléfono, dando instrucciones, para el estreno de la ópera de la noche siguiente”. Era 2019 y Zea quería utilizar sus últimas fuerzas para que el proyecto de ese momento, una nueva temporada de la Ópera de Colombia, saliera perfecto, aun si ello implicaba entregarlo todo. Eso habla de lo que muchos pudimos constatar.

Han pasado ya siete años desde su partida y hoy su espíritu permanece en los lugares donde dejó su impronta. El director de orquesta colombiano Luis Fernando Madrid, reconocido por su trayectoria en Australia, estuvo de visita el año pasado en el Teatro Colón para uno de los eventos especiales de la mencionada Ópera de Colombia, institución que Gloria dirigió durante tantos años. En esa temporada tuvo a su cargo la dirección de varias piezas del repertorio clásico. Vivió una experiencia singular que relató a María Elvira Arango en el programa periodístico Los informantes: tomó con su celular una fotografía del teatro vacío. “Lo curioso es que, cuando la miré con detenimiento, me di cuenta de que había una figura antropomorfa. Algunos me dijeron que en ese mismo punto de la foto, donde aparecía la luz, fue velada y estuvo el féretro de Gloria Zea”, contó durante la entrevista. Ella siempre nos acompaña.

Gloria, sin duda alguna, escribió uno de los capítulos más importantes de la historia de la cultura en Colombia.

Su ingenio y su capacidad de gestión fueron fundamentales para sacar adelante tantos proyectos culturales. Enumero algunos de un largo listado de realizaciones, como la publicación de miles de títulos en Colcultura, reformar la Biblioteca Nacional; rescató Ciudad Perdida, en la Sierra Nevada de Santa Marta; reescribió la historia del país, mediante los textos de nuevos historiadores, resucitó la Orquesta Sinfónica y nació el Coro Nacional; transformó el Museo de Arte Moderno de Bogotá, que recibió de Marta Traba, y fue su directora por 47 años, estrenó la ópera y reanimó el Teatro Camarín del Carmen, entre otros.

Gloria, sin duda alguna, escribió uno de los capítulos más importantes de la historia de la cultura en Colombia.

Son miles las personas que recibieron su apoyo irrestricto y se beneficiaron de su trabajo en favor del arte, pues fue la amiga de los artistas y conoció de cerca lo mejor del talento creativo de Colombia y del mundo. Además, fue constructora de puentes entre el ámbito de la filantropía y el de la gestión cultural.

Con su ojo visionario, su carácter luchador y animada por dar batallas quijotescas, se empecinó para que no fuéramos una nación aislada de las realidades de la contemporaneidad y poder ser detectados por los radares del arte moderno.

Hoy en día, en materia cultural, Colombia puede levantar la frente muy en alto, gracias a la convicción e ideales de personajes que, como Gloria, han hecho de sus sueños realidades, porque amaba el arte, entendía el alma de los creadores y de quienes coleccionan sus obras, era sensible a la poesía y adoraba la música. Estoy segura de que todas las manifestaciones del arte tenían un lugar en el mundo de su exquisita elegancia y sensibilidad.

(Lea todas las columnas de Claudia Hakim en EL TIEMPO, aquí)


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