Lo que la máquina no puede preguntarse
Incorporar las humanidades al debate sobre inteligencia artificial no es un gesto de nostalgia ni un contrapeso simbólico.
El rector Carlos Peña hace una advertencia que vale la pena tomarse en serio: sin humanidades, la ciencia no sabe lo que hace. No es un lamento de académicos desplazados. Es una observación sobre la ceguera que produce el conocimiento puramente técnico: sabe cómo, pero ignora para qué, y casi nunca pregunta a quién le cuesta.
Esa ceguera adquiere hoy una escala nueva. Los sistemas de inteligencia artificial no son herramientas en el sentido clásico —pasivas, neutras, esperando instrucciones—, son entornos. Configuran lo que se ve y lo que no se ve, qué preguntas parecen razonables y cuáles excéntricas, qué respuestas se reciben en segundos y cuáles requieren esfuerzo propio. Quien pasa el día dentro de ese entorno no sale igual. Y quien crece dentro de él, desde la infancia, es formado por él de maneras que aún estamos aprendiendo a identificar y describir.
El neurodesarrollo no espera. Entre la gestación y el final de la adolescencia, el cerebro humano construye las estructuras que sostendrán la vida entera: la regulación emocional, la capacidad de tolerar la demora, el reconocimiento del otro como alguien opaco e impredecible. Cada una de esas adquisiciones requiere fricción. Requiere momentos en que la respuesta no llegue de inmediato,........
