Nunca se trata solo de comida
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No importa que pasemos horas pensando en qué vamos a cocinar, qué ingredientes usar, si el punto de sal está correcto o si el pan alcanzará para todos. Lo que ocurre alrededor de la mesa va mucho más allá del plato servido, porque nunca se trata solo de comida. Comer es apenas la excusa visible de algo más profundo: el tiempo compartido, la conversación que se estira, el silencio cómodo o incómodo, el gesto de servir y dejarse servir.
La mesa no es un lugar de paso: es un territorio donde el tiempo baja la velocidad sin pedir permiso, y donde las jerarquías se desdibujan. Allí las peleas cambian de tono, y las alegrías se comparten. Nadie es más importante que otro cuando el plato llega al centro y se reparte. La mesa iguala, reúne, sostiene.
Ponemos la mesa casi siempre sin pensarlo: un mantel limpio, platos alineados, cubiertos que hacen juego o no, una servilleta doblada con cuidado. Son gestos pequeños, domésticos, que rara vez se reconocen como actos de amor, pero lo son. Poner la mesa es decir “aquí hay espacio para todos, aquí hay tiempo, aquí pueden sentarte sin afán”.........
