La diferencia prohibida: Biología, género y pseudociencia
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Hay ideas que adquieren prestigio no porque expliquen mejor la realidad, sino porque un sentido elemental de justicia nos lleva a desear que sean ciertas. Una de ellas ha ganado terreno hasta alcanzar el rango de artículo de fe: que las diferencias psicológicas y conductuales entre hombres y mujeres pueden explicarse, en lo esencial, prescindiendo de la biología.
Se repite que los niños juegan con arcos, pistolas y carros, y las niñas con muñecas porque así lo ha dispuesto una tradición machista, del mismo modo que a unos se los viste de azul y a otros de rosado.
Sin duda, en esto hay algo de verdad. El color rosa no está escrito en los cromosomas. Tampoco lo están los tacones, las corbatas ni las faldas. Todas las culturas adornan los sexos, exageran algunas diferencias y atenúan otras; las convenciones cambian de una sociedad a otra y de una época a la siguiente. El problema comienza cuando de esa trivialidad se pretende extraer una conclusión mucho más ambiciosa: que las diferencias psicológicas y conductuales entre hombres y mujeres son producto exclusivo —o casi exclusivo— de la cultura.
La relación entre biología y cultura se asemeja a la de un nadador que cruza un río. El lugar al que llegará depende de la corriente y de la fuerza con la que nada. Si el río fluye con violencia, terminará muchos metros aguas abajo; si la corriente es mansa, unas pocas brazadas pueden modificar considerablemente su trayectoria.
Así ocurre con los humanos. La educación, las costumbres y las instituciones pueden reforzar, debilitar o desviar muchas predisposiciones. Pero que el nadador consiga cambiar de rumbo no demuestra que el río haya dejado de correr.
Mucho antes de que existieran iglesias, patriarcados o «estudios de género», ya existía una profunda asimetría reproductiva. Para un hombre, la inversión biológica mínima necesaria para engendrar un hijo puede reducirse a una sola relación sexual. Para una mujer, allí apenas comienzan un embarazo, un parto y, durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva, meses o años de lactancia y cuidado. A diferencia de otras especies, los humanos nacemos extraordinariamente inmaduros y atravesamos una infancia prolongada.
A ello se suma otra diferencia fundamental. Un hombre puede fecundar a varias mujeres en un período relativamente breve; una mujer no puede quedar embarazada 20 veces simultáneamente por acostarse con 20 hombres. La naturaleza impuso así límites radicalmente distintos al éxito reproductivo potencial de ambos sexos, sin necesidad de consultar previamente a ningún comité de........
