¿Un remedio peor que la enfermedad?
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Lo siento por aquellos millones de ciudadanos ingenuos que el domingo pasado votaron por el vencedor de la contienda presidencial, porque desconocían las formas oportunistas con que se reinventa el mundo de los tiranos cada vez que las circunstancias lo requieren. Lo siento por el pueblo que fue a dejar sus aspiraciones legítimas en las urnas, confundido por la información engañosa con que fue bombardeado. Lo siento, de verdad, por los miles de colombianos que manifestaron sus deseos genuinos de lograr una vida más estable y menos angustiosa. Deploro el retroceso que veremos, en muy poco tiempo, en materias democráticas. No lo lamento, en cambio, por el pequeño establishment o grupo de poder que, tradicionalmente, ha detentado influencia y control sobre el Estado, y que eligió, a ciencia y conciencia de quién es, qué representa y de dónde viene, al personaje que podría reencauzar el manejo de los presupuestos públicos y los negocios oficiales que necesitan para engordar más sus abultadas chequeras.
No hay que hacerse ilusiones con discursos sin contenido ni proyectos de fondo como el de la noche del 21 de junio –hueco, artificioso, contradictorio y farandulero–, con que el mandatario electo atiborró a sus fanáticos: pleno de gestos belicistas pero con frases de cajón deshilvanadas e incongruentes, empezando por aquella que reza que........
