Fútbol
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Mi primer recuerdo nítido de un partido de fútbol no tuvo como escenario un estadio, sino la televisión. Tampoco el equipo que ha formado parte de mi trayectoria vital durante un sexenio: el Málaga, primero como Club Deportivo y ahora, tras la refundación, como Club de Fútbol. Ni siquiera un equipo español. Tampoco la selección nacional. Fue en la final de la Copa del Mundo de 1966. Jugaban en Wembley las selecciones de Alemania y de Inglaterra. Lo vimos en el televisor de un colono de mi tía Rita, en Álora. La señora de la casa no tenía televisor en aquella época, el colono, arrendatario de sus tierras, sí. Algo estaba cambiado en España en esos años. Incluso en Andalucía. A mí, un niño de seis años, me llamaban señorito. Pero ellos tenían televisión y la dueña del cortijo, no. Mi madre me comenta que ya me habían llevado a la Rosaleda a ver partidos del Málaga. Pero no los recuerdo. Sin embargo, mi memoria guarda huella indeleble de aquella final. En la explicación se resume la idea de esta crónica: el fútbol es el mayor depositario –si se quiere matizar: uno de los mayores depositarios- de la identidad de un pueblo. Que se apasiona con sus colores; que deposita en unos jugadores la idiosincrasia, el orgullo, la representación de unos pretendidos valores y hasta las características nacionales -¿recuerdan lo de la furia española?-. Ahí es nada: la guerra por otros medios. Obviamente, el hilo conductor y ensamblador de todo ello es la pasión, la manifestación estentórea de un sentimiento con el abrigo grupal. En positivo y en negativo. En un país hispanoamericano se asesinó hace años a un jugador marcado por un lamentable fallo que condujo a su equipo a la derrota. Maradona es un dios laico –o........
