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Lo que quiero es que me llames

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01.03.2026

Opinión | Una ibicenca fuera de ibiza

Lo que quiero es que me llames

Lo que quiero es que me llames / .

En 1991, la popular cadena de pollo frito, Kentucky Fried Chicken, tomó una decisión estratégica: cambiar su marca a KFC. Expandirse pasaba por modernizarse y supieron leer los cambios en los consumidores que demandaban comida más saludable. Así, se alejaba del

(frito) sin tener tan siquiera que tocar la receta.

Es de primero de marketing leer la sociedad y advertir cuándo lo que fue un impulsor se convierte en un lastre. Y hablando de lastres -por favor, no me lancen piedras-, esa cosa llamada feminismo.

Un producto que -si lo miramos con gafas de marketing- intentamos extender entre los consumidores por lo menos desde la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana de 1791 de la escritora francesa Olympe de Gouges. Proponía la locura de la igualdad de derechos y la equiparación jurídica y legal mujeres y hombres. Espóiler: murió en la guillotina.

Y el equivalente a la guillotina en España nos llega estos días en el nuevo Barómetro de Juventud y Género 2025 del Centro Reina Sofía de Fad Juventud, en colaboración con el Ministerio de Igualdad. Este año, a la población de estudio (entre los 15 y 29 años), se añade una muestra de población general (esto es: más mayores) para poder ilustrar mejor las diferencias generacionales. Que son muchas. Y muy graves.

¿Pero qué es el feminismo? Para lo que Olympe de Gouges empleó 140 páginas, el diccionario de la Lengua Española lo sintetiza en 2 líneas:

1. Doctrina social favorable a la mujer, a quien concede capacidad y derechos reservados antes a los hombres.

2. Movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres.

¿Quién podría en el siglo XXI no respaldar algo así?

Pocos. De hecho, un 82,7% de los encuestados se muestra a favor de que «la igualdad entre hombres y mujeres contribuye a hacer una sociedad más justa». Menos, pero también mayoría entre los jóvenes: un 65,7% está de acuerdo, pero más entre ellas -un 72,4% frente un 59,2% ellos-. Y sin embargo, un 52,8% de ellos afirman que «se ha llegado tan lejos en la promoción de la igualdad de las mujeres que ahora se está discriminando a los hombres», algo en lo que coinciden un 39,1% de de las chicas. También hay que darle una vuelta a la idea compartida por un 24,8% de las chicas de que «la meritocracia es suficiente para garantizar la igualdad entre hombres y mujeres en el ámbito laboral», respaldada por un 40,1% de los chicos.

Una meritocracia que choca con la realidad cuando se les pregunta por los roles de género en el hogar: el 38,5% reconoce que las tareas domésticas en sus casas recaen principalmente en mujeres, frente a un 2,3% que señala a los hombres.

Con estos datos, la conclusión parecería obvia: feminismo y más feminismo. Pero no. Hagámosla breve: entre los hombres únicamente hay una pequeña franja de edad -de los 29 a los 39 años-, en que muestran que han tenido tiempo de digerir o reconciliarse con el término y se considera «feminista» un ajustado 45,5% frente el 43,5% de los hombres que no. Una isla en el océano del «ni machista ni feminista, sino igualdad» en la que también naufragan las más jóvenes. Un 34,5% de las chicas de entre 14 y 19 años se considera feminista; un 38,6% no. Y permítanme que introduzca como muestra otro patrón que se repite a lo largo y ancho del Barómetro: un 27,1% «no sabe o no contesta». El triple que sus congéneres de más de 60 años. No es rechazo, ni adhesión sino lo que más teme cualquier marca: desconexión.

Es decir, a trompicones, pero la percepción de la igualdad como algo justo e imprescindible es abrumadoramente mayoritaria. A pesar de los mensajes vertidos por los entornos INCEL, el reparto absolutamente desigual de roles también se evidencia de manera transversal. El escollo se produce cuando toca ver cómo nombramos todo esto y «feminismo» parece un término abstruso y sin visos de permitirnos avanzar. Por manido, politizado o el maldito auge de la ultraderecha o, mucho más probablemente… una mala campaña de

desde un Ministerio que, por cierto, no es Ministerio de Feminismo, sino Ministerio de Igualdad.

Lo vieron con el pollo frito. O en Japón donde triunfó un coche llamado Mazda Laputa, que en España no llegaron a comercializar. Tampoco se atrevieron con el Lancia Marica ni con el Nissan Moco. Sí que llegó el Mitsubishi Pajero, aunque con la sabia decisión de renombrarlo a Montero.

¡Si hasta lo vio un tipo con el que salí hace años! Se le conocía por un mote. Pongamos en el contexto que lo llamaran Montero aunque su nombre primigenio fuera Pajero y, ¡qué sé yo por qué! Pero... no me salía. Así que un día le pregunté: «¿Te importa que te siga llamando Montero? Es que me cuesta llamarte Pajero». A lo que él exclamó: «¡Llámame como sea, lo que quiero es que me llames!».

. (La Cabra Mecánica).

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