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Un amigo en la lejanía

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13.03.2026

Me parece que me quedé corto, el pasado miércoles, hablando de uno de los grandes del periodismo español, que acaba de morir: Raúl del Pozo. Fue él quien dijo que la columna era un oficio de periodistas cansados. Fue quien dijo también que la historia es una narración de asesinatos. Y fue quien afirmó que no hay que salir de Madrid y que Madrid es la síntesis del lenguaje. La primera frase es cierta: la columna es periodismo de salón, pero también periodismo en estado puro, una obligación para periodistas, si no cansados, sí cómodos. La segunda es rotundamente cierta. Y la tercera la pronunció tras morir su mujer, Natalia, cuando ya no quiso volver a Marbella para ver de cerca al rey Fahd y para hablar mal de Jesús Gil, que también había muerto. Era un hacha para los nombretes: a Zapatero lo puso Bambi y a Gil Moby Gil. Cuando el 23-F, Raúl estaba en el Congreso, acreditado por Mundo Obrero, y cuando se fue a Moscú como corresponsal de Pueblo llamaba todos los días para que lo devolvieran a España porque de Moscú sólo le gustaba la discoteca del hotel Intourist, donde la gente se olvidaba del falso paraíso comunista y se divertía a lo grande con las institutrices nórdicas destacadas en la capital de todas las Rusias. Raúl escribió su último artículo el 1 de enero de este año, si no he leído mal en cualquier parte. Ya conté cómo lo conocí y cómo nos hicimos amigos, enfriada la amistad sólo por el tiempo y la distancia. Era un tipo peculiar. Yo me he puesto a releer su Noche de tahúres y también releeré Nido de piratas, la historia de Pueblo, investigada y narrada de forma magistral por Jesús Fernández Úbeda. Raúl es la estrella de ese relato. Este es mi adiós a un amigo en la lejanía.


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