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Neruda y Asturias, manteles largos

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26.09.2026

A veces, con afán un tanto deportivo, repaso la nómina de los premios Nobel de todos los tiempos. A quienes entre ellos he leído, cuáles no leería nunca, cuales otros no volverían a leer, y aquellos cuyos nombres no me dicen nada. Sus nombres están inscritos en las lápidas de un vasto cementerio, algunas de ellas sobresalientes, otras perdidas entre la hierba.

Rubén Darío se arrepentía de haber firmado un manifiesto en contra de don José Echegaray, cuando lo recibió en 1904, ocasión en que fue zaherido por una turba iconoclasta y justiciera, que encabezaba Valle-Inclán, porque, según rezaba el manifiesto, su obra era melodramática y anticuada. Lo decía nada menos que el pleno de la generación del 98.

¿Qué pasa, por ejemplo, con mi paisano centroamericano, Miguel Ángel Asturias? Cuando le concedieron el premio Nobel en 1967, las campanas de todas las iglesias de Guatemala se echaron al vuelo, y no era para menos. Y antes de hacer su triunfal viaje en tren a Estocolmo, volvió a su país natal, y fue revestido con los honores de rigor: una copa de champaña en el palacio presidencial, las llaves de la ciudad que le otorgaba el municipio, diplomas de asociaciones artísticas, algún concierto de marimba.

Fue cuando lo vi por única vez........

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