Habermas o la fe en la utopía
Habermas o la fe en la utopía
Creía que era posible construir no sólo consensos sino también normas morales desde un debate democrático sin dogmatismos ni exclusiones
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Pedro García Cuartango
Tal vez Jürgen Habermas no hubiera alcanzado la altura intelectual, unánimemente reconocida tras su muerte, si no hubiera padecido en su infancia el estigma físico de una boca deforme. Él mismo confesó que esa diferencia le atormentó y le impulsó a elevarse sobre la ... crueldad de su entorno.
Habermas, discípulo de Adorno, evolucionó desde un marxismo crítico a la defensa de la democracia deliberativa, entendida como un sistema político basado en la igualdad y en el diálogo. Creía que era posible construir no sólo consensos sino también normas morales desde un debate democrático sin dogmatismos ni exclusiones. Dicho con otras palabras, la democracia no sólo es un medio sino un fin en sí mismo. Una concepción que conecta con el imperativo categórico de Kant que establece una ética laica de aplicación universal.
Juan Manuel de Prada sostenía ayer en estas páginas que la filosofía política de Habermas era tan ingenua como desconocedora de la naturaleza humana. Heredero de la Ilustración y de la Escuela de Fráncfort, su pensamiento había evolucionado hacia una utopía democrática en la que la razón debería ser el fundamento de la verdad y de la convivencia.
No hay duda de que las ideas de Habermas se inspiran más en el deber ser que en el ser. No hay más que echar un vistazo a la crisis de las democracias parlamentarias para darse cuenta de la distancia de lo que propugna Habermas y la realidad política. Lo que vemos es como la lógica del poder es más fuerte que la moralidad kantiana.
En las conferencias que dieron lugar a 'El discurso filosófico de la modernidad', Habermas intenta refutar la concepción de Michel Foucault de que el poder lo impregna todo. Desde las leyes y las instituciones a nuestra forma de pensar, los actos humanos reproducen relaciones de dominio. La ciencia, la medicina, las prisiones reflejan el rostro oculto del poder, según sostiene el autor de 'Las palabras y las cosas'.
Habermas considera que las tesis de Foucault caen en el vicio de interpretar el pasado en función del presente y que incurren en el determinismo. Lo que es cierto es que la contraposición de los dos pensamientos incide en el eterno debate entre la libertad y la necesidad, entre lo que se debe y lo que se puede o nos dejan hacer.
Diré en favor de Habermas que las utopías han contribuido a cambiar la historia y que el ideal de democracia deliberativa ha impulsado el progreso y la justicia en los pocos reductos en los que el modelo ha funcionado. Resulta obvio que el mundo camina en dirección contraria y que los nuevos imperios pisotean la libertad y la autonomía individual. Pero ello no es óbice para seguir defendiendo esa noción de patriotismo constitucional y esa fe en la utopía en la que coincidían Habermas y Ratzinger. Todavía hay muchos que siguen empeñados en luchar por ese legado.
