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Cuidar la institución de la Presidencia de la República

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Cuidar la institución de la Presidencia de la República

El sistema presidencialista, creación política de los Estados Unidos, se ha masificado en la historia de nuestra América Latina, es más, la realidad indica que en nuestros países la autoridad del presidente de la República, a través de la misma organización constitucional, se ha visto reforzada, generando lo que los especialistas en la materia han venido a denominar “presidencialismo” en donde el poder ejecutivo se encuentra un peldaño más arriba que los demás poderes del Estado.

No son pocos los historiadores o los politólogos plantean que esta realidad ha permeada culturalmente a la región, ya que se ha instalado la idea de que el presidente de la República es el principal responsable de resolver los problemas nacionales. La mirada amplificada de las responsabilidades del cargo lleva a que las personas le transfieran responsabilidades que son de otras autoridades.  Lo anterior genera un cierto menosprecio por la elección de las demás autoridades nacionales, regionales o locales, elevando la elección presidencial a la madre de todas las elecciones.

Los factores que suelen señalarse para explicar esta situación provienen de una perspectiva histórica que identifica una especie de herencia cultural originada en los procesos de independencia. Desde entonces, los países latinoamericanos se inclinaron mayoritariamente por el sistema presidencial, acompañado de una marcada tendencia a la personalización de la política. A ello se suma una tradición de liderazgos fuertes, caracterizada por la presencia de figuras carismáticas o caudillistas que han ejercido una profunda influencia sobre la vida política de la región.

Por otra parte, junto a los factores históricos, existe un elemento estrechamente vinculado con la formación de la cultura política latinoamericana: la relativa debilidad de los partidos políticos. Esta realidad contribuye de manera significativa a que la atención pública se concentre en la figura del presidente de la República, reforzando la personalización de la política. Tal como he planteado en columnas anteriores, se trata de un fenómeno que se ha intensificado durante los últimos años. Los partidos políticos han demostrado crecientes dificultades para conectar con la ciudadanía, ejercer su papel de intermediación entre la sociedad y el poder político, formar liderazgos sólidos y promover una discusión amplia y consistente de propuestas programáticas. En consecuencia, han ido perdiendo relevancia como espacios de representación y deliberación, transformándose, en muchos casos, en meras plataformas electorales y, no pocas veces, en mecanismos destinados a la distribución de favores políticos.

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