menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Sin pecado concebido

7 0
thursday

Hay una modalidad del debate político que, en lugar de argumentar, amontona. Mete en un mismo costal antiguas posiciones, clientes, socios de negocios, declaraciones aisladas y hasta balances en rojo, para presentar todo ese revuelto como una supuesta ‘lista de preocupaciones’. Es un método que, además de deshonesto, resulta intelectualmente cobarde, pues quien necesita acumular imputaciones, en vez de construir argumentos, sabe en el fondo que ninguno de esos señalamientos se sostiene por sí solo.

Empecemos por lo más elemental. Se le reprocha a Abelardo haber cambiado de posición a lo largo de su vida. Se invoca eso como prueba de incoherencia, casi como un pecado imperdonable. ¿La gente normal nunca cambia de opinión? ¿Todos estamos condenados a conservar la misma lectura del país que teníamos hace quince o veinte años? Cambiar de postura frente a la evidencia no es una debilidad moral; es, precisamente, lo que hacen quienes piensan. Quien jamás cambia no es coherente, sino dogmático. Y en política, el dogmatismo rara vez ha sido una virtud.

En el caso específico del proceso de paz con las Farc, el reproche se vuelve francamente grotesco. Hubo un momento en Colombia —y quien lo niegue miente— en que la idea de una salida negociada al conflicto despertó amplias simpatías, la mayoría de ellas nacidas de la buena fe. Abelardo estuvo entre quienes albergaron esa esperanza, pero a medida que los textos del acuerdo fueron conociéndose y su arquitectura jurídica y política dejó ver sus entrañas, también estuvo entre quienes dijeron ‘No’ en voz alta. Lo dijo sin ambigüedades, lo escribió en columnas y lo votó sin traición ni incoherencia. Lo curioso, lo verdaderamente curioso, es que muchos de los que hoy le reprochan eso son los mismos que ahora hacen campaña al lado de quienes parieron aquel engendro de La Habana, sin que nosotros se lo reprochemos, porque son libres de pasar esa página. Lo que sí resulta imposible ignorar es la obscena injusticia de ese doble rasero, tan revelador como conveniente.

Otro de los pecados que se le achacan a Abelardo como muestra de........

© Revista Semana