El avance de las ultraderechas
“La barbarie no es el pasado que se va: es el presente que retorna.” Walter Benjamin (adaptación)
Coordenadas de una época en crisis
Este texto nace de una inquietud que es, al mismo tiempo, intelectual y política en el sentido más riguroso del término: la constatación de que el mundo contemporáneo está atravesando una inflexión histórica de consecuencias aún incalculables e inciertas. Sabemos que ninguna perspectiva aislada (sociológica, politológica, histórica, psicológica, semiótica) basta para dar cuenta de la magnitud del fenómeno que se cierne sobre las sociedades del siglo XXI: el ascenso sostenido, sistemático y globalmente coordinado de la ultraderecha, en sus variantes neofascistas, ecofascistas, neoautoritarias y supremacistas.
Para entender el fenómeno, y quizá dar algunas pistas para atenuarlo y neutralizarlo, se necesita una articulación de miradas, de puntos de vista, con una búsqueda pragmática de acción política. Lo que está sucediendo, si bien puede ser leído buscando relacionar todas esas facetas en muchos de los sistemas políticos actuales, puede ser enfrentado con alguna posibilidad de éxito solamente en el ámbito de lo político, es decir: en el campo de los interjuegos de poder entre lo nacional, lo regional y lo global.
Se está ante un proceso que desafía los marcos interpretativos heredados. Las categorías elaboradas por la ciencia política clásica tanto de izquierda como de derecha, progresismo y conservadurismo, democracia y autoritarismo, resultan insuficientes para capturar la densidad y complejidad de lo que está ocurriendo actualmente. Ahora incluso se habla, de un proteccionismo-nacionalista versus un globalismo post-expansionista, dentro de un contexto geopolítico tripolar en transición.
No se trata simplemente de un desplazamiento del péndulo ideológico, de esa oscilación cíclica que los analistas suelen invocar para relativizar la gravedad de cada coyuntura. Lo que está en juego es algo cualitativamente diferente: una reconfiguración profunda intergeneracional de los imaginarios sociales, de los marcos de legitimidad política, de las realidades e hiperrealidades cotidianas y de los dispositivos de producción del sentido y significado colectivo sociocultural.
En América Latina, Europa, Asia, África y el Norte Global, con expresiones particulares en cada contexto, pero con un denominador común inconfundible, se asiste al retorno o a la resurrección de ideologías que los consensos de posguerra declararon moralmente derrotadas en 1945. El dato histórico es perturbador: el pensamiento que condujo a los campos de exterminio y a la devastación de Europa no fue simplemente desactivado por la derrota militar del Eje. Sobrevivió, se reconvirtió, encontró nuevas gramáticas y arquitecturas (estructuras y dinámicas) organizativas, y hoy se presenta, con una audacia renovada, como respuesta legítima a las crisis de la posmodernidad tardía, en los inicios de este siglo XXI. Vale aquí aquella frase perteneciente a Juan Ruiz de Alarcón “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”.
El neofascismo como fenómeno sistémico: más allá de la llamada excepcionalidad
Uno de los errores analíticos más frecuentes consiste en tratar el ascenso de la ultraderecha como una anomalía, como una desviación patológica de una norma liberal que habría de estar funcionado correctamente hasta ser perturbada por líderes carismáticos y demagogos. Esta lectura, confortable para los defensores del orden neoliberal, oculta más de lo que revela. El neofascismo contemporáneo no es un accidente: es, en buena medida, un producto de las contradicciones no resueltas del capitalismo neoliberal tardío y de las promesas incumplidas de la democracia representativa que regularmente se reciclan o son recurrentes.
La crisis orgánica del sistema capitalista global, que no ha encontrado salida estructural desde el crack financiero de 2008, ha producido un caldo de cultivo propicio para la proliferación de discursos que ofrecen identidades fuertes, jerarquías claras y enemigos reconocibles en lugar de soluciones sistémicas. Décadas de prédica neoliberal, con su exaltación del individuo competitivo, su erosión de los lazos de solidaridad comunitaria y su naturalización de la desigualdad como resultado del mérito o del fracaso personal, han preparado el terreno subjetivo para la emergencia de ese sujeto que los teóricos críticos llaman el homo oeconomicus autoritario: dispuesto a sacrificar las libertades colectivas en aras de la seguridad, el orden y la pertenencia nacional-étnica.
Contribuyen igualmente a este renacer de posiciones de ultraderecha el agotamiento de las experiencias del socialismo real, la extendida y sistemática campaña anticomunista que se desplegó por años durante la Guerra Fría y que, con nuevas características, aún perdura, el supremacismo racista y patriarcal -nunca desaparecido- que ve en el otro distinto siempre una amenaza, un clima general, establecido ya como tendencia normalizada, que acepta acríticamente cualquier solución “mágica” que líderes carismáticos pueden proponer con un maniqueísmo exaltado, donde hay “buenos” y “malos” (que son siempre los “otros”). La compleja combinación de todo este caldo de cultivo ha venido permitiendo el surgimiento de este nuevo modelo neofascista al nivel global.
Conviene aquí recuperar la distinción gramsciana entre crisis orgánica y coyuntura política. Gramsci observó que cuando la crisis sacude no solo las instituciones sino los consensos profundos que las sostienen, cuando los viejos marcos de sentido pierden su capacidad de integrar la experiencia social, se abre un interregno en el que pueden emerger “morbosidades muy variadas”. Lo que se está presenciando es precisamente eso: un interregno, un momento en el que las certezas que organizaron el mundo de posguerra se han disuelto sin que hayan cristalizado nuevos horizontes emancipadores, y en el que las ultraderechas han aprovechado ese vacío con una eficacia que la izquierda progresista aún no ha logrado contrarrestar.
Esto debe reconocerse con total objetividad: las derechas, en el sentido más amplio del término, han sabido/podido contrarrestar el discurso de la izquierda, logrando una narrativa que, aunque es absolutamente cuestionable, se entronizó mucho más que las denuncias que hizo el socialismo desde sus albores en el siglo XIX. Esas derechas, que tienen mucho que perder. Es decir, mientras la clase dominante tiene una incalculable, monumental riqueza acumulada, que defiende a capa y espada; la clase trabajadora solo puede perder “sus cadenas”- Las oligarquías nacionales e internacionales han hecho, siguen haciendo, y harán cualquier cosa a su alcance para mantener su hegemonía, sus intereses creados, sus inversiones y ganancias, y sus exorbitantes prebendas. Si bien años atrás cuidaban las formas del discurso, hablando de lo “políticamente correcto”, y promoviendo y calificando a la “democracia formal” como el sumun del desarrollo social, económico y político, hoy esas derechas son descaradas, brutales y despiadadas en su práctica politica en el ejercicio del poder. Siguiendo a Miguel Mazzeo se puede decir que:
“A diferencia de la lengua de la derecha tradicional, la lengua de la ultraderecha [actual] no busca........
