César Valdeolmillos Alonso: «El tesoro de mi príncipe»
César Valdeolmillos Alonso: "La pirámide del poder"
César Valdeolmillos Alonso: "El tejado, la escalera y la impaciencia de un país"
Los sueños son maravillosos porque jamás nos preguntan si algo es verdad; les basta con que resulte lo suficientemente extraordinario.
Lo que voy a relatar ocurrió únicamente en mi sueño. Lo aclaro desde el principio para tranquilidad de juristas, heraldos, inquisidores y verificadores profesionales de la realidad. Como pronto podrá comprobar el lector, lo que aquí se cuenta no pudo suceder más que en mi ensoñación. Aunque debo reconocer que hay sueños tan refinadamente absurdos que, durante unos segundos al despertar, uno llega a sospechar que quizá la realidad simplemente intenta imitarlos.
Anoche terminó mi vigilia bajo el extraño embrujo que producen ciertas maravillas cuando se instalan en la imaginación y se niegan a abandonarla. No eran las preocupaciones habituales las que me robaban el sueño —las facturas, el paso del tiempo o esa dolorosa evidencia de que el café de nuestra infancia sabía infinitamente mejor que el de ahora—, sino el recuerdo de unas joyas tan extraordinarias que parecían no pertenecer al mundo de los hombres corrientes.
Pero no era sólo su belleza lo que me perturbaba.
Era también la riqueza que representaban.
Aquello no parecía un simple joyero. Había en aquellas riquezas algo tan desmesuradas, tan fascinantes y tan extraordinarias que mi imaginación comenzó a rebelarse contra la lógica. Aquellas joyas parecían escapadas del mismísimo tesoro de Alí Babá. Sí, del auténtico; del que dormía oculto tras puertas encantadas y montañas secretas, entre cofres escondidos y maravillas imposibles.
Había en semejante tesoro algo misterioso. Porque llega un momento en que ciertas maravillas dejan de parecer obra de los hombres. Cuando los diamantes parecen pedazos de estrellas caídos del cielo, cuando los rubíes poseen un fulgor capaz de iluminar castillos enteros y cuando las piedras preciosas son tan grandes que apenas cabrían en los cofres escondidos de los cuentos, uno deja de hacerse preguntas. Entonces comprende que esas riquezas ya no pertenecen al mundo corriente. Pertenecen a las cuevas secretas de Alí Babá y a esos lugares imposibles donde los alquimistas guardan los tesoros que jamás deberían encontrar los hombres.
Y mientras seguía pensando en aquel prodigio sentí que algo extraño comenzaba a ocurrirme.
No fue el sueño corriente de quien se queda vencido por el cansancio.
Sentí más bien que aquellas joyas tiraban de mí con hilos invisibles. Como si desde el fondo de sus destellos alguien me estuviera mirando. Tal vez una princesa olvidada, quizá un hada o algún antiguo personaje de cuento aguardando pacientemente tras la puerta de un reino encantado.
Sin comprender por qué, tuve la sensación de que aquellas maravillas me estaban invitando a entrar.
Caí lentamente en un sueño tan profundo que la razón quedó atrás como un viejo equipaje abandonado junto al borde de un camino encantado.
Y allí apareció el Reino.
Era un lugar extraordinario: el Reino de la Virtud Resplandeciente y la superioridad Moral Eterna. Un reino tan puro que las sombras pedían permiso antes de entrar. Sus........
