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Ricardo Gil Otaiza: Al son del ritmo metálico

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monday

Opinión.- Las campanas me persiguen, ¡ya basta de campanas!, ellas me han narcotizado la vida, talán, talán, talán, a toda hora: antes de levantarme, a media mañana, a mediodía, a media tarde, en la noche, ¡qué horror!, ¿hasta cuándo?, campanas de todo tipo y tamaño, con o sin pátina verde plomizo, nuevos de paquete forjadas en viejas fundiciones, pero de países lejanos, llegadas en barcos, sí, en barcos, y hasta con el olor del humo que expelían las chimeneas de los armatostes de antes y, por si fuera poco, las he visto tomar vida, transformarse en fornidas damas que con su tongoneo hacen sonidos armónicos que provocan bailar, ir a los templetes de pueblo y echarse a andar calle arriba y calle abajo en danza frenética, borracho con licor barato destilado en galpones clandestinos, pero con la anuencia del alcalde, que recibe también su tajada del negocio, y todos felices.


Sí, las campanas, y no es lo mismo escucharlas a distancia, digamos: ellas en las enormes alturas de los campanarios de las iglesias y los oyentes en sus casas, o en las calles, en las plazas, o en el baño, o en la escuela, que escucharlas pegadas al oído, porque sea uno quien las toca con ímpetu para que otros se despierten de su letargo y salgan a trabajar, oa ir a misa, o al funeral oa la procesión, o para marcar un hecho histórico, o por solo joder, porque es cuando el sonido te retumba en los oídos, choca con las paredes del cráneo, se mete en las neuronas y hace sinapsis y, a partir de........

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