Antonio Machado
Nombre de usuario o dirección de correo
Contraseña
Recuérdame
Antonio Machado ha sido el poeta de lengua española más cercano a la filosofía y que, por otro lado, más profundamente ha vivido la lírica como problema. Aunque no desde su poesía sino desde su prosa. El poeta, en el sentido profundo, más allá de alguna observación en verso, o algún poema tardío de carácter metafísico, parece ignorar al prosista, que es en quien –y en esto coincido con algunos como disiento de otros– está su verdadera modernidad. La originalidad reflexiva de Machado creo que radica en lo que despierta a partir de su interés por Kant, especialmente por el desplazamiento que llevó a cabo hacia una mayor subjetividad, después de que Descartes situara el pensar como fundamento del yo. La verdad, la cosa en sí, es algo en lo que podemos pensar pero no es comprensible, sólo accedemos intelectualmente al mundo fenoménico. Además, Kant afirmó el elemento interpretativo de la mente humana, que proyecta fuera lo que lleva dentro. En un texto autobiográfico de 1913, Machado nos informa de que sobre todo se ocupa de lo que Kant denomina conflictos de las ideas trascendentales. Como se sabe, estudió también a Platón, Leibnitz, Husserl, Bergson y a los idealistas alemanes. No le interesaban los pragmatistas ingleses ni los empiristas. Aunque profesor de lengua francesa, lo que profesó de verdad fue aversión a la cultura francesa, algo que compartía con Unamuno. Lo confesó en cartas a Juan Ramón y a Ortega y Gasset, además de ser evidente en muchos de sus artículos. Los filósofos franceses le parecían pedantones tradicionalistas. Machado, a pesar de su talento escéptico, tendía a exagerar, porque no ignoraba que la cultura española debía a los siglos XVIII y XIX “tres cuartas partes” de lo que era a comienzos de siglo.
Machado se inicia como poeta dentro del modernismo, con una clara presencia de Verlaine de la que pronto se iba a apartar, aunque no dejó de admirarlo en algunos aspectos. El simbolismo (especialmente Mallarmé y, un poco más tarde, Valéry) fue su bestia negra contra la que arremetió siempre que tuvo oportunidad, y no le faltaron razones para ello, aunque le sobraron algunos prejuicios para comprender ciertos desafíos y logros de poética y, sobre todo, de sus aciertos literarios, además del significado general del Simbolismo o el Barroco, respecto a una cultura. Nuestro autor aspiraba a una lírica cuya expresión mayor hallaba en Jorge Manrique, en Berceo, en algunos momentos de Lope, y en el diecinueve en Bécquer. Tenía un concepto mediocre de Garcilaso y de Luis de León, pero adverso de Quevedo, Góngora y Calderón. Lo que echaba en falta en todos ellos es que no hubieran bebido en una fuente sencilla. ¿Qué es lo sencillo? Lo veremos más adelante. En un momento de extremismo –y en circunstancias personales dramáticas–, en una carta a Ortega y Gasset de 1912 llega a decir que “entre Garcilaso, Góngora, Fray Luis de León y Juan de la Cruz se pueden reunir hasta cincuenta versos que merecen el trabajo de leerse”. Él mismo se vio como alguien que ya no podía cantar, y en el “Proyecto de Discurso de ingreso en la Academia Española”, iniciado en 1931, reitera que “la lírica se ha convertido para nosotros en problema”. Si las Coplas de Manrique eran el ejemplo mayor de lo que pensaba que debía ser la lírica, parece obvio que no podía leer con buenos ojos la acentuación subjetiva propia al género, y que su amigo Juan Ramón Jiménez cultivó con exceso, aunque es verdad que trascendiéndola felizmente en muchas ocasiones a lo largo de toda su obra. Para Machado, la nueva lírica, tanto romántica como modernista sufría un exceso de subjetividad solipsista y una falta de intuición del objeto y del tiempo. Además, en el uso metafórico, tanto en los poetas barrocos como en las nuevas tendencias que se abrían en Francia (de Apollinaire a Reverdy) y en nuestra lengua con el creacionismo, creyó ver una fascinación por la imagen en tanto que ella misma, desprovista del tú esencial, de un tiempo vivo. Por lo tanto, esta hiperimagen era, más que una revelación de lo vivo, un trasiego de abstracciones de uno y otro tipo.
En el pensamiento moderno iniciado con Kant, Machado había visto una inclinación peligrosa hacia el sujeto en detrimento del mundo como otredad: lo que está ahí y es irreductible a mi experiencia y sensaciones. La famosa revolución copernicana de Kant negaba que se pudiera llegar a ninguna conclusión metafísica sobre el universo, afirmando que la comprensión se limita a la experiencia. El resto es pensable pero no conocible. Kant quiso resolver un problema en verdad fundamental: la tensión entre empirismo y racionalismo. Nuestras sensaciones e impresiones son reales, pero ¿cuál es su validez en cuanto que conocimiento? La caída del sueño dogmático le llevaba a dudar de las verdades metafísicas, pero sabía que la experiencia lo situaba frente a una pregunta epistemológica: ¿cómo es posible el conocimiento que tenemos de los fenómenos y hasta dónde alcanza? Nuestras percepciones no son puras sino que están mediadas por la capacidad estructurante de nuestra mente. No describimos la realidad exterior en cuanto tal sino que es una mezcla de las estructuras apriorísticas de nuestra mente y de la percepción exterior. Espacio y tiempo –se recordará– no son conceptos sino formas de intuición. No hay un empirismo puro, desprovisto de nuestra subjetividad, pero tampoco vivimos en un mundo regido meramente por la sensación. El mundo se constituye en el acto simultáneo de percepción y juicio. Algunos filósofos han comentado que con Kant el hombre vuelve a estar en el centro del universo, lugar del que había sido desplazado en alguna medida por Copérnico, pero que ahora ese universo se ha reducido a ser el suyo, no el universo. En Kant el sujeto es genérico porque la razón y la moral lo son, aunque todo acto moral me individualiza, es una decisión que compete a una persona y no a un grupo o género. La influencia de esto en el pensamiento alemán y francés fue notable, sobre todo en su deriva hacia la subjetividad, en el cultivo de ese espacio que abre no intencionadamente Kant hacia lo personal y no sólo en el pensamiento sino en las poéticas desde el Romanticismo a Samuel Beckett. Ya en un pequeño texto autobiográfico de 1913 Machado nos informa de que su pensamiento “está generalmente ocupado por lo que llama Kant conflictos de las ideas trascendentales y buscó en la poesía un alivio a esta ingrata faena. En el fondo soy un creyente en una realidad espiritual opuesta al mundo sensible” (“Biografía”). Machado se desvela, realmente, y durante toda su vida adulta, por dos cosas que, dichas muy sintéticamente, son los problemas epistemológicos y la ontología. En algún otro momento se refiere nuevamente a Kant para señalar que el filósofo alemán nos da “una limitación de lo real al campo de lo fenoménico y a las formas y categorías subjetivas, sin pretender por ello hacer del conocimiento una apariencia vana”. ¿Qué es el ser? ¿Es idéntico a sí mismo? ¿Es posible la identidad o ésta consiste en ser la revelación de una alteridad? ¿Por qué es tan importante el tiempo y qué tiene que ver con la poesía? Éstas son algunas de las preguntas filosóficas que Machado comenzó a hacerse antes de finalizar la primera década del siglo y que le acompañarían hasta el final de su vida.
Juan de Mairena –el personaje más inteligente de toda nuestra literatura, que es parca, ciertamente, en personajes inteligentes– aconsejaba a sus alumnos leer a Kant. Y nuestro poeta lo hizo de manera parcial y muy viva. En una carta temprana a Ortega y Gasset le confiesa haber releído varias veces la Crítica de la razón pura. Esas lecturas lo llevaron a pensar que en el siglo XIX casi todo había militado contra el objeto. También Ortega y Gasset, en La deshumanización del arte (1925), había dicho más o menos lo mismo, aunque en una dirección algo distinta, de hecho Ortega afirma que durante el siglo XIX el arte era engañoso porque estaba ahíto de patetismo, y de esta forma confundía al espectador o lector dándole no una forma sino un espejo: lo que el lector reconoce no es lo que hay fuera sino dentro. En los nuevos poetas Ortega ve que el hombre acaba donde el artista comienza, lo cual parece una exageración. En realidad, por momentos Ortega piensa lo contrario de Machado. En el citado libro Ortega razona........
