Historia del arte nazi en Colombia: «¡Firmes por la cultura!»
En 2018, Steve Bannon —estratega de Trump, vicepresidente de Cambridge Analytica, e interlocutor de Jeffrey Epstein— resumió su método:
«La forma de lidiar con los medios es inundar la zona con mierda».
Si todo es ruido, ningún hecho se fija el tiempo suficiente para tener consecuencias. ¿Dónde inundar? ¿Dónde es inocuo el ruido? Hacienda, Defensa o Educación quedan descartadas: allí hay personal, billones, encuestas, calificadoras de riesgo y grupos económicos a los que conviene no molestar. Quien quiere ruido sin pagar la cuenta necesita un terreno donde el escándalo sea barato y la indignación abundante: la cultura, el sector que nadie cree que mueva plata y sobre el que todos creemos tener algo que decir.
Esta semana el gobierno de De la Espriella fabricó una nueva noticia cultural: ordenó retirar más de treinta piezas de tres salas del Museo Nacional. La lista de lo que cayó por «terrorismo» es el argumento de la trama. Salieron la bandera del orgullo de Elizabeth Castillo, la revista Ventana Gay, la foto de Humberto Rincón Perfetti en la marcha por la ciudadanía plena, y los afiches de Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro, pero no el de Luis Carlos Galán, como si se pudiera reescribir la campaña de 1989, marcada por tres magnicidios políticos y no por uno —y como si hoy se pidiera olvidar otro: el de Miguel Uribe Turbay—.
Salieron el tarjetón de la Séptima Papeleta y el Balígrafo del Acuerdo de Paz con las Farc; obras de Alfonso Quijano, Antonio Caro y Miguel Ángel Rojas, e incluso la camiseta con que Lucho Herrera ganó la Vuelta a España en 1985, quizá porque su estampado florido da para equívocos con una alegría que cierta masculinidad frágil asocia con lo gay.
Cada objeto estaba expuesto con rótulo, fecha y contexto, dispuesto en un orden diseñado por curadores especializados. La sala «Hacer sociedad» sigue un guion de más de 200 páginas, trabajado por cuatro comités e inaugurado en 2019, bajo el gobierno Duque, desde una iniciativa anterior a 2011.
Pedir que el museo muestre también a soldados, policías y secuestrados, como hizo el concejal Andrés Barrios Bernal, es una discusión curatorial legítima que se resuelve sumando complejidad. Restar para simplificar bajo un tamiz ideológico solo puede llamarse propaganda.
El concejal Andrés Barrios Bernal trinó sobre su visita al museo con sus dos hijas y su hallazgo de «una sala llena de afiches de campaña de Carlos Pizarro». Su trinó alarmado en Twitter llegó sincronizado el miércoles para que el jueves la noticia cultural fabricada por el gobierno inundara la zona de «mierda» y distrajera de las marchas del día anterior y de temas más opacos: las donaciones a la fundación de la esposa del presidente, el acuerdo para entregar tierras raras a empresas estadounidenses, los ataques del gobierno a la Jurisdicción Especial para la Paz.
La mañana del jueves el presidente ordenó que «toda esa oda al terrorismo en la que aparece Pizarro y otros terroristas» fuera «desaparecida de lugares públicos», y por la tarde las piezas ya estaban en el depósito: ejércitos que dejaron las armas para hacer política, activistas, artistas de varias épocas, desaparecidos por una orden sumaria presidencial. Quedó una pared gris, con remiendos de pintura nueva que no entona, prohibición de tomar fotos y un vigilante pegado a todo visitante sospechoso; donde había un guía ahora hay un policía.
Según La Silla Vacía, el secretario general del Ministerio, Julián Sterling, y la directora (e), Constanza Toquica, habrían elegido las obras a dedo, a puerta cerrada y sin pasar por los comités curatoriales. Sterling ocupó el mismo cargo bajo el gobierno Duque, cuando se inauguró esa sala. Toquica dirige desde 2001 los museos Colonial y Santa Clara; en 2014 recibió allí un derecho de petición de un allegado al procurador Alejandro Ordóñez, que la amenazaba con multas y cárcel si no cancelaba una muestra de la artista María Eugenia Trujillo. La funcionaria que entonces recibía apoyo del medio cultural ante la censura, hoy ejecuta la censura.
Conviene subrayar los nombres: un abogado administrativista y una directora encargada, funcionarios con un oficio y una orden, sin que preguntas como «¿qué estoy quitando? ¿a quién estoy desapareciendo?» interfieran con su trámite. En la afanada ejecución al parecer dejaron ver su miopía: se informa que en esa misma sala permanece La gran narco arca, de Carlos Castro, un tapiz satírico que retrata a Pablo Escobar en todo su esplendor y que los nerviosos censores tal vez pasaron de largo al creer que comulgaba con la estética ampulosa del poder. La........
