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“Max Valladares (1910): el testaferro de Gómez, y Alejandro Betancourt (2026), el tránsfuga al servicio de Rubio: un mismo fantasma”, por José Luis Farías

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06.09.2026

Nunca olvido la impresión que me produjo aquel descubrimiento en la biblioteca de mi padre Rubén Farías. Era un mueble viejo, estrecho, herencia de mi abuela Blanca, arrimado en el corredor del fondo de la casa, donde el olor del papel envejecido —esa mezcla de polvo, tinta y tiempo— se mezclaba con la devoción de quien guarda un libro no como objeto, sino como reliquia. Él, que nunca militó en las filas de Acción Democrática —el partido que se alzó contra la dictadura— ni comulgó con sus consignas, conservaba sin embargo un ejemplar de Venezuela, política y petróleo de Rómulo Betancourt en el espacio más alto, junto a los tomos de Guillermo Morón, las novelas de Rómulo Gallegos, las poesías de Andrés Eloy Blanco, el clásico de Eduardo Blanco y la Historia Constitucional de Gil Fortoul, entre otros. Abajo, una montaña de novelas de vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía con las que papá calmaba su apasionado gusto por la lectura. Aquel libro no era para mi padre un texto político, sino un documento sagrado que exigía altura de respeto.

Recuerdo las páginas cuajadas de subrayados a lápiz, con esa caligrafía exquisita y menuda que no dejaba margen sin anotación. Pero lo que más me marcó fue un epígrafe trazado en la guarda posterior con tinta negra, ya gris por los años: “Max Valladares (1910): el testaferro de Gómez”. Hoy, al ver los titulares de este septiembre de 2026 —los diecisiete campos petroleros, los sesenta y cinco mil millones de barriles, los cien años de concesión—, comprendo que mi padre no estaba haciendo profecía. Estaba leyendo la estructura. Y yo, décadas después, me atrevo a completar su anotación: “y Alejandro Betancourt (2026): el tránsfuga al servicio de Rubio, un mismo fantasma”.

Allí, en esas páginas que mi padre subrayó, Rómulo Betancourt —el ideólogo que consagró la soberanía del subsuelo como dogma continental— erigió a Valladares en el arquetipo del entreguista: un abogado sin mayor fortuna que, en 1910, recibió del general Juan Vicente Gómez, el dictador que gobernó Venezuela con puño de hierro durante tres décadas, una extensión descomunal de tierra para cederla, cuatro días después, a la New York and Bermúdez Company. La segunda concesión, la de 1912, abarcaba veintisiete millones de hectáreas y fue transferida en apenas dos jornadas a la Caribbean Petroleum. Betancourt calificó aquel acto como “uno de los más escandalosos ataques de la industria petrolera internacional”.

Pero el oficio de intermediario, para ser ejercido con la frialdad que exige el expolio, requiere una particular disposición del alma. Quien firma la cesión de un país no solo negocia contratos; negocia su propia pertenencia al mundo. El testaferro es un hombre sin bandera que cree haber comprado la inmortalidad con las migajas del banquete, pero su condena es perpetua: es despreciado por los que lo usan y aborrecido por los que saquea. Valladares murió en el olvido, con........

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