Entre la tragedia y la maravillosa euforia, por Antonio Ledezma
El pasado 12 de marzo de 2026, en Ginebra, la Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre Venezuela presentó ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU una nueva actualización de sus investigaciones. El informe ratifica un patrón que los venezolanos conocen desde hace años: la represión, la tortura y las detenciones arbitrarias formaron parte de un sistema organizado desde el poder. Los acontecimientos del pasado 3 de enero no han disipado la pestilencia moral que aún emana de los calabozos de La Tumba, ni han abierto definitivamente las rejas del centro de tortura de Boleíta. Tampoco se han clausurado las mazmorras del Helicoide ni las celdas de la prisión militar de Ramo Verde.
Esos lugares quedaron marcados como emblemas de una época de ignominia. Allí la tortura dejó de ser un exceso aislado y pasó a formar parte de un sistema de dominación política. La Misión de la ONU lo ha establecido con claridad: el cambio de mando no borra responsabilidades. Los informes acumulados describen al SEBIN y a la DGCIM como engranajes de una maquinaria estatal organizada para ejecutar la más brutal represión. Las órdenes descendían desde la cúspide del poder dentro de una estructura jerárquica perfectamente definida. En ese aparato ocupó un lugar central Delcy Rodríguez, figura clave de un sistema que convirtió el terror en instrumento de gobierno.
En los pasillos del SEBIN (la policía de la dictadura) la represión tuvo víctimas con nombres y apellidos: dirigentes políticos, periodistas, activistas y ciudadanos cuyo único delito fue........
