Los silencios de San José
En breve celebraremos la fiesta de San José, la figura paterna por excelencia. En los Evangelios apenas se le nombra, a pesar de que fue tan necesario para la existencia de Jesucristo como la propia Virgen María.
Sin entrar en misticismos, en aquella época era impensable que una mujer tuviera un hijo sola. Hoy en día podemos ironizar con que una chica tenga un hijo del espíritu santo, al elegir ser madre soltera. Pero en la época, la broma sólo habría servido para morir lapidada. Así, la presencia de San José, como esposo y padre reconocido socialmente, tuvo una importancia simplemente esencial.
Además, Jesús llevó una vida discreta durante la mayor parte de su vida, desempeñando un trabajo como otro cualquiera, en una ciudad como otra cualquiera. Ese oficio silencioso y discreto no fue ni más ni menos que el desempeñado por José: el de carpintero. San José, entonces, no sólo era el cabeza de familia visible socialmente, también era el proveedor, con su trabajo, de las necesidades materiales de su familia.
Ya desde el punto de vista más espiritual, del mismo modo que el arcángel san Gabriel le anunció a la Virgen María que esperaba al Hijo de Dios, otro ángel se apareció a San José para anunciarle que el hijo que esperaba María era obra del Espíritu Santo. Hasta entonces, lo que él había decidido era repudiarla en secreto. Podemos imaginarnos, hasta ese anuncio del ángel, qué pudo suponer aquella situación para él. Y lo que San José aporta es, primero, silencio. Y luego, presencia. No se me ocurre un acto de prudencia y de confianza en la Divina Providencia mayor que ese.
Pero no fue este su único silencio. Él pertenecía al linaje del rey David, de la tribu de Judá. La profecía anunciaba que el Mesías sería un «hijo de David», y eso solo era posible si Jesús era reconocido, aquí en la tierra, como hijo de José: otro detalle, y no pequeño, por el que San José era imprescindible. De hecho, ése fue el motivo del nacimiento en Belén, ya que la ciudad era el lugar de origen de la familia de David. La casualidad, o la Providencia, quiso que el emperador Augusto dictase un edicto ordenando a todo hijo de vecino ir a censarse en su ciudad de origen.
Luego están sus grandes sacrificios. Todas las veces que renunció a la vida que le habría proporcionado su linaje, en las que, en cambio, su fortaleza y su firmeza sirvieron para proteger a la sagrada familia: la huida a Egipto, cuando un ángel le advirtió, en sueños, de que Herodes buscaba al Niño para matarlo, o la vida discreta y sencilla, en Nazareth.
Por eso a San José se le suelen pedir favores terrenales. Los relacionados con las dificultades con las que tropezamos, y que no llegamos a entender, esas de las que no sabemos bien cómo vamos a salir. San José fue el maestro de la confianza en la Divina Providencia, protegiendo un misterio que no terminaba de comprender muy bien, con la certeza de que eso era lo que tenía que hacer.
Los padres, como José, cuidamos a nuestros hijos sabiendo que son, un poco, un préstamo. Dios —o la vida— nos los confía, pero cada uno trae su propia vida. Nuestro derecho se limita a ponerlos en el mundo, educarlos, amarlos y después soltarles la mano para que cumplan su destino. Al final, los hijos no nos pertenecen; los padres, como San José, solo somos su refugio en el camino.
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