Vivir y disfrutar localmente
A veces, vivo una disociación entre lo que querría ser y lo que soy. Me gustaría ser valiente y dedicarme a un proyecto humanitario en algún país lejano que lo necesite, pero mi realidad es que disfruto de mi trabajo y condición de asalariada. Además, nada más salir de Mallorca, ya me echo de menos. Querría ser una fémina sofisticada, que calza tacones y no sale de casa sin su eye liner, pero soy la que no se quitaría el chándal de encima. Sólo me frena el deseo de no traumatizar a mis hijos.
Últimamente, mis contradicciones andan revueltas a cuenta de la experiencia de viajar. Así, en general. Antes, me gustaba coger un avión y desaparecer semanas. Una agencia me orientaba en lo básico y yo reservaba aquí y allá. Me vacunaba, contrataba a una guía, asumía indisposiciones estomacales o dormir poco y mal. En mi vida anterior, por estas fechas, ya sabía que mi vuelo saldría el primer día de agosto y que volvería el último del mismo mes. Hoy, estoy en modo menos es más. Mi barrio, mi calle, mi edificio, mi casa, mi familia. Todo cerca, a pie y sin aspavientos. Lugares y caras conocidas. Estar con los míos, disfrutar de mis rutinas, dormir entre las sábanas heredadas de mi abuela y usar mi jabón libre de químicos para pieles atópicas, reactivas, sensibles y unas cuantas debilidades más. ¿Qué me pasa? Que viajar se ha vuelto complicado. Al menos, para mí.
Compara vuelos en internet, elige una compañía para ir y otra para volver, porque es más económico, los horarios tienen mejores combinaciones y evitas escalas eternas. Introduce todos los nombres de los viajeros y los números de los DNI. ¡Vaya! Te falta la letra de uno de ellos y le llamas. Maldita sea, no contesta y el tiempo acaba agotándose. Vuelves a empezar y no sabes por qué, pero los billetes han subido 50 €. ¿Qué? ¿En veinte minutos? El descuento de residente no es tanto descuento por residente y tomas la decisión de no facturar. Total, la última vez te perdieron la maleta. Reflexionas y te percatas de que es inviable. Pagas por ello. Pagas por todo: por elegir asiento, por querer pasillo, por querer ir juntos, por respirar.
Pasas el primer reto y llega el segundo. La estancia. Desde que tuve un vecino que alquilaba vacacionalmente y que, mientras engrosaba su cuenta corriente y se compraba coches de alta gama, el resto veíamos cómo se deterioraba nuestra calidad de vida, soy bastante reacia a esta modalidad. Soy de hotel y, si puede ser con desayuno, mejor. Recuerda que debe ser céntrico y que los comentarios deben asegurar una higiene perfecta. Reserva coche, compra las entradas para los museos, monumentos y musicales con anterioridad y ve buscando restaurantes, que la cosa está que arde. Tú, yo y miles de personas más hemos elegido el mismo destino. Caminamos en manada por las mismas calles, visitamos los mismos lugares y nos hacemos las mismas fotos en los mismos monumentos. Instantáneas que condenamos al olvido de las galerías de nuestros móviles.
Mi yo contradictorio decide quedarse en casa y disfrutar de lo cercano y de las sábanas heredadas de mi abuela, que siempre huelen a limpio y me hacen sentir bien. El año que viene, Dios dirá.
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