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La bondad de ser

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29.03.2026

Conviene decirle a esa persona que su arroz importaba, que ese pin puesto con cuidado importaba / l.o.

Hay personas que no sabemos lo importantes que son hasta que ya no están. No porque las ignoráramos en vida, sino porque su presencia era tan natural, tan constante, que la incorporábamos a nuestra vida sin darnos cuenta.

Son los que hacen que los demás se reúnan, los que cocinan el arroz para todos, los que ponen el pin, en tu noche de graduación, con esa atención tranquila que te hace sentir que ese momento importa. Los que sostienen el tejido invisible de una comunidad sin que nadie les haya pedido que lo hagan. Personas buenas en el sentido antiguo, no decorativamente, sino de un modo que actúa, que cuida, que permanece.

Cuando mueren, el mundo no se detiene. Y eso es lo más cruel. Los periódicos siguen saliendo, el trabajo sigue esperando, el calendario avanza con una indiferencia obscena. La muerte tiene esa brutalidad particular: es absoluta para quien se va, pero para los que se quedan es una herida que hay que aprender a cargar sin que nadie vea el peso. La consecuencia de morir siempre la pagan otros. Los vivos son los que sufren. Los vivos son los que se despiertan y tardan un segundo en recordar, y ese segundo es el único momento de gracia antes de que todo vuelva.

La soledad que deja la muerte de alguien así no es solo la ausencia de una persona. Es la ausencia de un centro de gravedad. De repente el grupo no sabe bien cómo reunirse, el encuentro se celebra igual pero con una torpeza nueva, como si los gestos hubieran perdido su autor. Porque ellos eran los que daban sentido a la forma: sin ellos, los rituales se vuelven cáscara.

La angustia de los que se quedan tiene mucho de orfandad. No importa la edad que tengas: cuando muere alguien que te hacía sentir parte de algo, vuelves a ser, en cierta manera, un niño perdido. Alguien que busca con los ojos una cara conocida en una habitación y no la encuentra. Y aprende, con el tiempo, que no la va a encontrar.

Por eso conviene hablar antes. Conviene decirle a esa persona que su arroz importaba, que ese pin puesto con cuidado importaba, que su manera de estar en el mundo nos hacía mejores. La muerte es inexorable. Pero el silencio antes de ella no lo es.

Los imprescindibles no se reponen. Se recuerdan, se echan de menos. Y los que se quedan aprenden, la realidad exacta de lo que perdieron.


© La Opinión de Málaga