Spacex no es una empresa. Es una metáfora del éxtasis de los superricos
He aquí por qué la riqueza y el fascismo van de la mano
Hace poco mantuve una de mis habituales charlas de «Unshocked» con Mehdi Hasan sobre Elon Musk, en la que intentamos analizar cómo el primer billonario del mundo también llega a ser una de las peores personas del mundo. Aquí me gustaría explicar por qué eso dista mucho de ser una coincidencia.
La mayoría de los debates sobre Musk en la prensa seria mantienen estos dos conjuntos de hechos en compartimentos separados.
En uno está Musk, el brillante director ejecutivo y experto en tecnología contra el que nadie debería apostar jamás y cuyo patrimonio neto oscila actualmente en torno al billón de dólares.
En el otro compartimento está Musk, el individuo de dudosa reputación que se pavonea con una motosierra reegalada por Milei, hace gestos que supuestamente no son saludos nazis, se codea con la extrema derecha transcontinental y a quien es mejor evitar en compañía educada.
En realidad, estas facetas de Musk no pueden separarse: son las dos caras de un mismo fenómeno. Las acrobacias con la motosierra y el recorte de las ayudas vitales para los pobres; las teorías conspirativas racistas que circulan por X; las diatribas nazis de Grok y el llanto por la «desnudificación»; y todas las demás formas en que Musk contribuye a denigrar y sacrificar a amplios sectores de la humanidad son las condiciones sociales necesarias para el proyecto empresarial que recientemente lo ha convertido en un billonario.
Al fin y al cabo, la versión del futuro basada en la IA y la robótica que Musk ha vendido al mercado bursátil solo beneficiará a una minúscula parte de nuestra especie, mientras sacrifica a innumerables seres humanos y no humanos por igual.
Así que hay que hacer algo con todos aquellos que no pasan el corte. Y ahí es donde entra en juego la otra cara de Musk, o lo que él denomina «Dark MAGA».
El sueño de la secesión
Hace trece años, la novelista Arundhati Roy reflexionó sobre el significado de una obra arquitectónica estridente: se trataba de una nueva mansión, impactante por su opulencia, construida por el hombre más rico de la India, Mukesh Ambani. El país, escribió ella, estaba alborotado por «sus veintisiete plantas, tres helipuertos, nueve ascensores, jardines colgantes, salones de baile, salas climáticas, gimnasios, seis plantas de aparcamiento y seiscientos sirvientes».
De pie a su sombra, contemplando su jardín vertical, Roy se preguntó:
¿Es este el acto final del movimiento secesionista más exitoso de la India? ¿La secesión de las clases media y alta hacia el espacio exterior?
¿Es este el acto final del movimiento secesionista más exitoso de la India? ¿La secesión de las clases media y alta hacia el espacio exterior?
Roy escribía en sentido figurado; los ricos de la India no se estaban marchando realmente del planeta. Simplemente se comportaban como si su riqueza pudiera construir universos cerrados en sí mismos donde nunca más tuvieran que estar sometidos a los que no son ricos, ni, posiblemente, compartir su destino.
Aquello supuso un cambio radical: incluso los reyes y emperadores tenían que ver a sus súbditos pobres, ocuparse de sus insignificantes problemas y resignarse a respirar el mismo aire viciado. Roy creía que estaba viendo cómo la élite de la India encontraba una forma de liberarse de tales inconvenientes.
Una forma de pensar sobre Musk y SpaceX es que estamos presenciando la manifestación global del deseo que Roy describió, ahora con un código bursátil. Los inversores del Nasdaq que batieron récords de OPI el mes pasado no estaban, en realidad, poniendo precio a la promesa de Musk de convertir a la humanidad en «multiplanetaria» (lo cual, como todos sabemos, no va a suceder a corto plazo).
Más bien, estaban apostando por el sueño que él ha llegado a representar: el de que los superricos logren escapar del mundo que, de otro modo, se verían obligados a compartir con el resto de nosotros, en gran parte gracias a la riqueza obtenida en orgías de inversión especulativa impulsadas por el bombo publicitario, como la que desató SpaceX.
El sueño de secesión que identificó Roy se ha mantenido notablemente constante a lo largo de los años, mientras que los efectos pirotécnicos hacen que la huida de la Tierra parezca más plausible (sin tener en cuenta los cohetes que explotan ni la imposibilidad de sobrevivir en Marte).
Astra Taylor y yo denominamos a........
