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Coge la pasta y corre

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08.04.2026

Ha querido el azar (otros le llaman destino, y algunos, providencia) que coincida en el tiempo la celebración de los juicios sobre casos de corrupción que más afectan al bipartidismo: Ábalos, Koldo y demás especies autóctonas por parte del PSOE; caso Kitchen por parte del PP. Han empezado ya a declarar algunos de los acusados y testigos, y la prensa sistémica (o sea, bipartidista) plantea sus crónicas y titulares en función del origen de sus subvenciones. Como ven, es todo bastante previsible.

Parafraseando a Rajoy, la corrupción del bipartidismo no es cosa menor, o dicho de otro modo, es cosa mayor. Porque parte de una presunción no solamente errónea sino profundamente canalla: la de creer que los partidos, cuando gobiernan, se convierten en los dueños del Estado y de sus instituciones. No sólo eso, en realidad esos dirigentes llegaron a pensar que eran intocables, y que podían pasar por encima de las leyes y de la ética para conseguir sus oscuros intereses. Obviamente, se equivocaban. 

La corrupción económica y política es siempre hija de otra corrupción mucho más grave, que es la moral. No se mete la mano en la caja del dinero público, no se trafica con influencias, no se enchufa a queridas en puestos de responsabilidad cuando uno está edificado interiormente en la honradez y la dignidad. El problema es que tanto el PSOE como el PP han actuado como auténticas agencias de colocación de golfos, permitiendo que la purrela más bajuna e indecente de España pueda llegar a ser ministro, o incluso presidente. Ya lo dijo Zapatero, que previsiblemente estará pronto sentado en un banquillo: «Mi caso demuestra que en España puede ser presidente del Gobierno cualquiera». Ni que lo diga. 

Siendo básicamente iguales el PSOE y el PP en la «gestión de sus recursos humanos», sus casos de corrupción difieren en pequeños detalles que casi siempre definen a sus dirigentes. El socialismo patrio es más de poligoneras y estupefacientes (tiremos de diccionario de sinónimos), y entre mordida y mordida, entre chistorra y chistorra, siempre caía algún fiestón con sobrinas en paradores de postín, o alguna excursión de nuevo rico para ver paisajito desde el ventanuco de la alcoba. «Si es cierto que Teruel existe, vayamos a comprobarlo», imagino que dirían los que nos encerraron en casa con los bozales puestos.

Los de la Kitchen, en cambio, eran más de afanar la pasta gansa (la gomina en el pelo, el cuello almidonado) y salir por piernas. «Ni sobrinas ni historias, mire usted; a mí, los billeticos verdes, que los colecciono», es fácil que pensara Bárcenas mientras acumulaba 22 millones de euros en un banco suizo. Seguro que trabajando duro y teniendo suerte, obvio. Después sobrevino, presuntamente aún, la trama de Interior para espiar al ex tesorero y birlarle los documentos comprometedores que decía tener en su poder cuando se largó de Génova. Veremos si la cosa se queda en el pío Fernández Díaz o alcanza también a Cospedal, como quiere la izquierda. 

Pero, más allá de los detalles, de lo que en periodismo llamamos «la espuma de los días», lo que el pueblo español debería meditar es si realmente le merece la pena confiar el dinero público a estos dos partidos. Si a «esto» es a lo máximo que podemos aspirar en esta gloriosa democracia que nos hemos dado. Si uno debe estudiar y sacrificarse, trabajar como un poseso, llevar una vida digna y ordenada, ahorrar para el plan de pensiones, y luego ir a votar y que te pongan de ministro al doble de Torrente. Necesariamente tiene que haber (lo hay) algún partido decente en el que poder confiar todavía. 


© La Gaceta