Consenso vs. Fin de la Historia
27 de abril 2026 - 03:06
Aunque se presten al paralelismo, por aspirar a estabilizar la democracia liberal, los conceptos “consenso de postguerra” y “fin de la historia” aluden a realidades diversas. El primero se construye teóricamente en Reino Unido y describe un acuerdo pragmático entre tradiciones ideológicas diferentes que encontraron un antagonista común, primero en el nacismo, luego, en el bloque soviético. Así, si su origen es el gobierno de coalición entre Churchill y Attlee, durante la guerra, es tras ésta cuando adquiere su sentido pleno. Se trata de un consenso que tiene un carácter defensivo, para garantizar el bienestar y la soberanía, pero que es contingente y demanda, por ello, la lealtad por parte de los partidos y de otros actores relevantes de la sociedad civil. La idea consenso posee aquí un claro significado patriótico. La noción “fin de la historia” sin embargo es materialista. Popularizada por Fukuyama tras la caída del bloque soviético, proclama la victoria definitiva de la democracia liberal, no a través del consenso sino de la superación del propio conflicto en una sociedad estable y desideologizada, donde la política se vuelve técnica. Por lo menos desde 2008, la tesis de la que la historia política es finita ha sido contestada por la realidad. Tras la demostración de la falibilidad del capitalismo, con la crisis crediticia, hemos asistido, entre otras cosas, al cuestionamiento de las fronteras, la reaparición de la guerra como amenaza existencial y a una revolución técnica que cuestiona los presupuestos de nuestra opinión pública y amenaza con reconfigurar radicalmente el mercado de trabajo. Es un contexto marcado por el cambio inflexivo, la amenaza externa y el riesgo tecnológico en el que precisamente se configura la idea de “consenso de postguerra”. Una idea que ahora vuelve a ser central para integrarnos y ofrecer un marco de legitimidad a las políticas que, por ejemplo en España, han de afrontarse no sólo frente a los riesgos descritos sino también frente a los graves problemas demográficos y de equidad económica que padecemos. La realidad es que nos hallamos en esta situación sin ley de presupuestos, con un presidente que fía su continuidad a la dialéctica del eje amigo enemigo y que ha disuelto la interlocución con el partido más votado, y con una oposición cuyas opciones pasan por el pacto con un partido constitutivamente antinacional, acreedor del odio entre españoles y vasallo de quien pugna por el sometimiento europeo. Esperemos que el consenso llegue antes de un fin –infeliz– de la historia.
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