La ciudad que todos quieren visitar y en la que nadie puede vivir
Opinión La ciudad que todos quieren visitar y en la que nadie puede vivir
Millones de personas viajan para conocer barrios que sus habitantes ya no pueden permitirse. Fotografían mercados tradicionales donde cada vez compran menos vecinos. Hacen cola para entrar en locales que se han convertido en atracciones y recorren centros históricos de los que desaparecen comercios cotidianos, familias y espacios de convivencia. Buscamos durante unos días la autenticidad de lugares que, precisamente por el éxito de esa búsqueda, corren el riesgo de perderla. Todo ello bien registrado con su correspondiente reel o imagen subida a Instagram.
No hay nada reprochable en viajar. Tampoco en querer conocer otros lugares, disfrutar de un fin de semana fuera o compartir contenidos o nuestras experiencias en redes sociales. Sería absurdo convertir un problema institucional en una acusación moral. Pero precisamente por eso merece la pena preguntarse cómo hemos construido una economía capaz de producir esta paradoja.
La abundancia privada no garantizaba la abundancia colectiva. Incluso podía aumentar la necesidad de aquello que quedaba rezagado.
Hace casi setenta años, John Kenneth Galbraith observó otra. Estados Unidos se había convertido en una sociedad extraordinariamente eficaz produciendo automóviles, electrodomésticos y bienes de consumo y, sin embargo, podía convivir con escuelas deterioradas, parques insuficientes, congestión, contaminación y servicios públicos deficientes. La abundancia privada no garantizaba la abundancia colectiva. Incluso podía aumentar la necesidad de aquello que quedaba rezagado: más coches requerían más carreteras, regulación, aparcamientos y servicios de emergencia; más consumo generaba más residuos y mayores necesidades de saneamiento. Galbraith definió ese problema como un desequilibrio social. No parece difícil reconocerlo hoy. Solo han cambiado algunos objetos. Una ciudad puede batir récords de visitantes mientras sus trabajadores tienen dificultades para vivir en ella. Puede multiplicar apartamentos turísticos y perder vivienda residencial. Puede acumular restaurantes, terrazas y experiencias diseñadas para el visitante mientras desaparecen espacios ordinarios de encuentro para quienes permanecen allí todo el año. Puede enriquecerse como destino y empobrecerse como lugar.
El turismo muestra particularmente bien esta contradicción porque tiene dos caras inseparables. Viajar proporciona experiencias valiosas y sostiene actividad económica. Pero cuando alcanza determinada intensidad también aumenta la presión sobre transporte, limpieza, espacio público, patrimonio e infraestructuras. La tensión se vuelve especialmente visible cuando una vivienda resulta más rentable como alojamiento para quien pasa tres noches que como hogar para quien necesita vivir allí todo el año. Además, el viaje contemporáneo no solamente se disfruta, también se exhibe. Y ahí Galbraith vuelve a resultar incómodamente actual. A partir del efecto dependencia cuestionaba la idea de que nuestras preferencias nacen completamente formadas dentro de nosotros y que las empresas........
