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Cumbres de la humanidad

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03.10.2025

Juan Tallón

Escritor.

Una regleta llena de cables / Pixabay

En un momento cumbre del estilo de vida contemporáneo, hace un par de mañanas pretendí poner a cargar en la regleta del despacho una lámpara que a veces uso para leer en la cama, y me encontré con que todas las tomas estaban ocupadas: ocho entradas EU y seis puertos USB. Reparé bastante horrorizado en la escena, quizás por el hecho de no haber reparado en ella antes. Supongo que las pequeñas barbaridades domésticas no llaman la atención a la primera, sino a la penúltima.

Enchufados a la regleta vertical que hay sobre una mesa auxiliar estaban los cables del móvil, del teléfono fijo, del móvil de mi mujer, de la táblet, del ordenador portátil, de mi reloj, del reloj de mi hija, del despertador, de la lámpara de noche de mi hija, del flexo, del rúter, de la impresora, de los auriculares nuevos y de los auriculares viejos. Esperaban a ser enchufados, además, los cables de la batería portátil, del altavoz 'bluetooth' y de la memoria externa. La mera enumeración volvía el despropósito aun más ridículo. Al final, recurrí a una regleta que tenemos en la cocina, a la que ya estaban conectadas la tostadora, el microondas y otro cargador de móvil.

Quiso el dramatismo simpático que se reservan algunos días para sí, como escogido a la carta, que por la noche me pusiese a ver un capítulo de 'Severance'. En un momento de la serie, uno de los personajes, atosigado por la desesperante situación vital en la que estaba atrapado, intentó ahorcarse dentro de un ascensor recurriendo a un cable del propio elevador. El ser humano, pensé, se las apaña siempre para sacar petróleo de donde no hay. Pasada la peripecia, que, ya que no me lo preguntan, se saldó con el fracaso del suicida, conecté la anécdota de la mañana, a propósito de la regleta, con la de la noche. Me pareció, de pronto, que todos los caminos que tomásemos estaban guiados por algún tipo de manguera aislante que contiene en su interior un hilo conductor, sin el cual nuestra vida se detiene por sofoco, por vaciamiento, hasta desinflarse lánguida y tristemente, a la manera de un globo cuando ya pasaron cinco días de la fiesta. En definitiva, pude llegar a la conclusión de que el cable, en general, posee una enorme versatilidad.

Resuena cierta ironía en que haga funcionar infinidad de dispositivos, proporcionándote gran libertad de movimientos, mientras te condena, cada poco, a buscar una pared a la que enchufarlos para volver a cargarlos. Propone autonomía al tiempo que dependencia. Hasta te puede quedar la duda de si el verdadero negocio de la tecnología descansa sobre la innovación de unos dispositivos cada vez más asombrosos, o sobre los cables sin los cuales esos dispositivos no sirven para nada pasadas unas horas. Creo que la dialéctica imita fielmente el modo en que los individuos nos manejamos con nuestras vidas: damos una de cal y otra de arena, avanzamos y tropezados, acertamos y erramos, y con todo ello sacamos la conclusión de que la vida nunca ha sido fácil ni lo será, pero no renunciamos a ser optimistas de vez en cuando.

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