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La revolución que duró lo que duró la extracción

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17.03.2026

Durante más de medio siglo, la revolución cubana fue vendida al mundo como una epopeya política. La pequeña isla heroica resistiendo al perverso imperio que la había convertido en un burdel; el experimento socialista que prometía justicia social, soberanía nacional y recuperar la dignidad para los pueblos del continente. Ese relato fue repetido con fervor casi religioso en una multitud de universidades, partidos políticos y no pocos gobiernos latinoamericanos que, desde economías abiertas y cómodos despachos oficiales, mismo a la fecha siguen recitando la liturgia revolucionaria con la nostalgia de quien habla de una revolución que en la gran mayoría de los casos jamás tuvo que padecer.

Pero basta mirar la Cuba real -no la de los murales ni la de los discursos- para entender que la revolución no produjo una sociedad igualitaria ni un modelo exitoso de justicia social. Por cierto, los prostíbulos siguen ahí. Produjo. eso sí, algo vil: un régimen que lleva más de seis décadas imponiendo y administrando escasez.

Escasez de alimentos, escasez de medicinas, escasez de electricidad y, por supuesto, escasez de libertades. La revolución prometía dignidad y terminó organizando racionamiento. Prometía soberanía y terminó dependiendo, una y otra vez, del subsidio externo que permitiera sostener el sistema.

En realidad, el castrismo funcionó siempre como lo que los economistas llaman un régimen extractivo. Un sistema en el que el poder político concentra el control absoluto del Estado y lo utiliza para administrar recursos mientras una élite militar y burocrática controla el acceso a divisas, empresas, privilegios y oportunidades. No pretendía tampoco ser una revolución permanente con mejoras también permanentes; se construyó una maquinaria de extracción que opera bajo un lenguaje ideológico insistentemente impuesto.

Durante décadas ese modelo vivió “robusto” gracias a patrocinadores externos. Primero fue la Unión Soviética, que durante años sostuvo económicamente al régimen. Después vino Venezuela, cuyo petróleo permitió prolongar el experimento. Mientras alguien financiara el sistema, la narrativa heroica podía seguir repitiéndose con solemnidad en discursos, aniversarios y conferencias internacionales.

Pero la revolución duró exactamente lo que duró la extracción. Cuando desapareció el subsidio soviético llegó el llamado “Período Especial”, una crisis que dejó claro hasta qué punto el sistema dependía de recursos externos. Cuando empezó a evaporarse el petróleo venezolano, la economía volvió a crujir.

Hoy Cuba enfrenta una de las crisis energéticas más severas de las últimas décadas: apagones prolongados, escasez crónica de combustible y una economía incapaz de sostener siquiera los servicios más básicos.

Y cuando un régimen extractivo se queda sin recursos, solo tiene dos caminos: colapsar o cambiar de socios.

Eso es precisamente lo que empieza a insinuarse ahora. Aparecen señales de acercamientos y posibles acuerdos con Washington. El mismo régimen que durante seis décadas construyó su legitimidad denunciando al “imperialismo yanqui” comienza a explorar discretamente cómo negociar con él.

No se trata de una conversión ideológica repentina. Se trata de una mutación del mismo modelo. También de una regresión a hacer de los gringos -y Donald Trump el que más- los principales inversionistas y desarrolladores en el ámbito turístico de Cuba.

Un extractivismo compartido, en el que el poder político en La Habana conserve el control interno mientras abre espacios económicos a capital externo que permita seguir extrayendo valor de la isla.

La verdadera hipocresía aparece precisamente ahí. Durante décadas el régimen cubano sostuvo que su antagonismo con Estados Unidos era una cuestión ideológica, casi moral. Que los estadounidenses eran los causantes de sus malos. Pero los hechos empiezan a sugerir algo mucho menos épico.

El problema nunca fue realmente Estados Unidos. El asunto era que se resistían a tener que compartir la extracción. Hoy, si negociar con Washington permite mantener el poder, Estados Unidos deja de ser el villano absoluto.

La revolución, después de todo, siempre fue mucho más deshonesta de lo que decía.

Y mientras la nomenklatura ensaya su nuevo modelo de supervivencia, ocurre algo mucho más incómodo en las calles de La Habana. Durante décadas el régimen repitió que la revolución era obra del pueblo: que el pueblo la había puesto, que el pueblo la sostenía y que el pueblo la defendería eternamente frente a cualquier amenaza externa.

Pero la historia tiene una ironía particularmente cruel con los discursos oficiales. Porque si el pueblo pone, también el pueblo quita. Y lo que empieza a verse en Cuba -protestas esporádicas acompañadas de cacerolazos, descontento cada vez menos disimulado y un éxodo masivo que vacía al país- apunta justamente en esa dirección. Después de millones de consignas y sacrificios obligatorios, cada vez más cubanos parecen haber dejado de creer en la liturgia revolucionaria que sostuvo al régimen durante generaciones.

Lo verdaderamente curioso no es que el poder cubano adapte su discurso para sobrevivir. Todos los regímenes lo hacen cuando la realidad económica se impone sobre la retórica ideológica. Lo llamativo es que todavía existan gobiernos y dirigentes en el continente que repitan con entusiasmo la épica revolucionaria cubana, como si casi siete décadas de escasez estructural, represión política y colapso económico fueran apenas un detalle incómodo dentro de una historia.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM


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