El apocalipsis es un invento occidental
Hace unos meses, cuando ChatGPT empezó a redactar contratos y diagnósticos médicos con la misma soltura que un correo electrónico, media Europa y buena parte de Estados Unidos entraron en una suerte de duelo colectivo. Se hablaba de “extinción humana” con la misma naturalidad con la que antes se hablaba del clima.
Mientras tanto, en Shanghái o en Shenzhen, millones de personas seguían usando asistentes de inteligencia artificial para pagar el súper, pedir un préstamo o programar una cita médica, sin que nadie escribiera una sola columna sobre el fin del mundo. La misma tecnología, dos reacciones opuestas.
El dato lo confirma con una contundencia casi incómoda: según el Edelman Trust Barometer, el 72% de la población china dice confiar en la inteligencia artificial. En Estados Unidos, esa cifra cae al 32%. No es un matiz, es un abismo. Y la pregunta que vale la pena hacerse no es cuál de los dos tiene razón, sino por qué la misma herramienta genera entusiasmo pragmático en un lado del mundo y pavor existencial en el otro.
Occidente tiene, desde hace mil años, una relación muy particular con el fin del mundo. Alrededor del año 1000, buena parte de la cristiandad europea vivió convencida de que el milenio traería el Juicio Final; campesinos abandonaron sus cosechas y algunos reyes ordenaron ayunos colectivos para prepararse para el
Apocalipsis que nunca llegó. Cuando en el siglo XV apareció la imprenta, teólogos serios advirtieron que la multiplicación........
